329- EL PERDÓN

 

 

Nuestra alma no podría sobrevivir sin una periódica limpieza, y para ello Jesús ha instituido el Sacramento de la Penitencia a fin de purificarla y hacer resurgir su belleza, recuperar los perfumes de una naturaleza viva y devolver el orden a nuestro interior.

 

Las faltas y ofensas al Creador son generalmente siempre las mismas. Nuestras debilidades suelen repetirse: siempre luchando en las mismas cosas, siempre cayendo en los mismos defectos.

 

Por eso la limpiamos, como hacemos con nuestro cuerpo, necesitado de una higiene corporal diaria. ¿Que pasaría en nuestro hogar si no lo limpiáramos y ordenáramos cada cierto tiempo?, aunque sea rutinario, siempre lo mismo, limpiar el polvo que aparentemente ni se ve.

 

Un fregoteo enérgico en el alma, aunque duela, con estropajo sobre la piel enrojecida para que salga la mugre. Así hace Dios con nosotros cuando nos acercamos a Él, confesando nuestras debilidades... Siempre son perdonadas si estamos sinceramente arrepentidos, y desaparecen nuestras ofensas, olvidadas para siempre.

 

Manchas apenas perceptibles que dejan nuestros defectos, pequeños y grandes, pero que nos alejan de las perfecciones de Dios. Son pequeñas impurezas que se nos pegan y si las dejamos, llegan a formar una costra donde difícilmente puede penetrar la gracia divina.

 

Porque, arrepentirse es reconocer una falta de lealtad a quien todo nos ha dado, un desprecio a quien mucho nos quiere, que si no se le corresponde, al menos, una persona de bien no le despreciaría nunca. Pero Él sufre las bofetadas de personas tan insignificantes como nosotros, y se pone a nuestro nivel bajando a la tierra para morir en nuestras manos de la forma más vil, cargando sobre sí todas nuestras maldades.

 

“Jesús puede dar el perdón porque él mismo sufrió las consecuencias de la culpa y las disolvió en las llamas de su amor” (Benedicto XVI)

 

El perdón es una donación del mismo Dios para que le imitemos en lo que forma parte de su esencia, es el mandamiento del Amor: amar al prójimo como a uno mismo. Que nuestros intereses no nublen la visión de los demás, ignorándoles, como si no existieran. Todo al contrario, el perdón hace que los demás entren por la puerta grande de nuestro corazón..., porque nos importan..., nos importa llegar a la morada de Dios ‘muy acompañados’, pues hemos compartido el don del amor, el perdón.