321- DAR CALOR A LAS PALABRAS

 

 

Podemos imaginarnos el calor ardiente con que Jesús decía a sus discípulos... “yo soy el buen pastor, el que da la vida por sus ovejas...” (Jn 10, 11), o a la mujer pecadora... "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?". Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante". (Jn 8, 11)

La historia ha enfriado esos y otros momentos y los ha convertido en palabras escritas, solo palabras, lo único que nos queda de aquel magma volcánico abrasador que fluía del corazón de Jesús Dios-Hombre. Qué tremenda expresividad tendrían sus palabras, sus gestos, su humanidad, su gran sensibilidad..., para que al final del Evangelio san Juan tenga que decir: Jesús hizo otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se tendrían que escribir.” (Jn 21, 25).

Y era Juan, el discípulo amado, el de corazón ardiente, el que jamás se separó de Jesús, ni en el duro momento de la Cruz.

Los cristianos de hoy debemos dar nuestro calor a las palabras con nuestra propia manera de vivirlas, de transformarlas en palabras vivas, caldeadas con nuestro roce, nuestro aliento y nuestro fuego interior. Es necesario sacarlas del congelador de los siglos y revivirlas en nosotros mismos, hacernos portadores de su inmensa realidad, mediadores entre Dios y los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de nuestro mundo..., pues nos ha sido donado para recrearlo con nuestras manos.

El tesoro que llevamos tiene un valor infinito, no podemos guardarlo para nosotros solos; si nuestra vida es reflejo de la fe que profesamos, contagiaremos a muchos, encenderemos corazones con nuestras actitudes, obras y palabras. Con nuestra inteligencia y los dones del Espíritu, comprenderemos lo mas sublime, reviviremos la fría escritura dándole un poco del calor humano que Jesús trasmitía por los cuatro costados.