308- CULTURA DE LA AUSENCIA DE DIOS

 

 

“La Iglesia no es un ‘espacio inmunizado’. Hay practicantes que de hecho no cuentan con Dios. Pueden pasar tranquilamente sin él. Dios no estimula sus vidas ni inspira sus comportamientos. Viven una religión vacía de comunicación con Dios. En la práctica, Dios no existe para ellos. Sin advertirlo, se están instalando en la ‘cultura de la ausencia de Dios’.” (J. A. Pagola)

 

La fe que dicen practicar es una fe exterior, no se adentra en su interior, es un envoltorio que no afecta a la persona, solo a su imagen, y en cuanto se escarba un poco se descubre falsa.

 

Puede que la causa de esta ausencia de Dios en la vida de un creyente esté en que a veces nuestra relación con Dios es superficial y vacía, no la interiorizamos, no inspira nuestro comportamiento, nuestra vida va por otro lado. Nos conformamos con ir a misa los domingos e incluso ahí estamos ausentes. ¿Es esto un cristianismo? Solo de nombre.

 

Nuestro espíritu está apagado, nuestra ceguera es casi total y podemos escuchar de Jesús “no os conozco” cuando le veamos cara acara... Triste destino, dramático.

 

Si Dios está ausente de nuestra vida de apariencias, nunca llegaremos a conocerle, y porque nuestra vida es apariencia tampoco llegaremos a conocer con los sentidos carnales su obra de arte: la vida misma. Solo nos quedaremos con lo inmediato de nuestra reducida percepción del entorno, con nuestras apetencias, placeres y dependencias.

 

La ausencia de Dios –suma bondad- nos deja a merced de nuestra bondad natural, muy efímera, arrastrándonos hacia donde no queremos, irremisiblemente, porque son fuerzas superiores a las nuestras. Dios no interviene cuando libremente se ha elegido sin contar con Él, aunque le duela el corazón viendo nuestro desvarío.

 

Un cristiano no es digno de llevar ese nombre cuando Dios está prácticamente ausente de su vida. Nuestra civilización nos quiere inculcar una engreída autosuficiencia humana: ‘cultura de la ausencia de Dios’, que se ha extendido como una conquista de la ‘sociedad del bienestar’ a fin de someternos a la ‘sabiduría’ de unos pocos ávidos de poder y dominio.

 

Un cristiano consecuente prefiere servir a buen amo que someterse a los devaneos de las criaturas, prefiere una fe cierta que nos hace volar alto que quedarse encadenado a un mundo corrupto y caduco, prefiere una vida con auténticos valores que vivirla como si nada fuera eterno, prefiere un amor que nunca acaba que un amor fugaz.

 

Dios no estará nunca ausente de nosotros pues siempre llama a la puerta, solo tenemos que recibirlo en nuestra casa.