207 - ¡sabía que vendrías!
 

Mi amigo Curri suele contar un sucedido de amor que transcribo:

 

 

Caía la noche en plena batalla para conquistar una posición alemana, las bajas eran muchas y fue ordenada la retirada. Yo estaba con mi hermano, pero él no volvió, le habían alcanzado.

 

- Por favor, -rogaba con lágrimas al capitán- sé donde encontrarle, y aunque el lugar esté barrido por las ametralladoras enemigas y no se vea nada, ¡voy a recogerle!

 

Él me retenía: - ¡no seas loco, está muerto, los alemanes rematan todo lo que se mueve, moriréis los dos!

 

Pero me lancé a rastras por el barro sin escucharle. Al fin le encontré, ¡estaba vivo! - ¡Sabía que vendrías!, -me dijo- y al poco murió.

 

Le coloqué sobre mi espalda, y a rastras como había ido lo traje al campamento. El capitán, mirándole fijamente replicó - ya te había dicho que estaba muerto, que no merecía la pena

 

- Le he encontrado con vida y murió en mis brazos… con una gran paz… ¡Yo no he hecho más que lo que él hubiera hecho por mí!

 

 

Una frase para meditar nuestra fidelidad al que todo hizo por nosotros, todo, para sacarnos de la inmundicia. Al Dios que nos ha creado, al mejor Artista, siempre fiel a su obra, que gobierna este mundo con la ideología del amor.

 

Pero... ¿haríamos nosotros por Él lo que hizo y hace por nosotros, viviendo nuestra libertad a la manera de Dios...?

 

El gran proyecto amoroso de Dios sobre el ser humano, que incluye la creación del mundo y de personas libres para amar y corresponder al Amor, falla en su propia esencia: nuestra correspondencia a la fidelidad de Dios, nuestra fidelidad. Falla porque la respuesta que damos a la vida prescinde de la verdad objetiva sobre el bien, verdad oscurecida por el mal, devaluada por nuestra indiferencia, por nuestro relativismo interesado en no dar respuesta, como si nadie la pidiera, pues se ignora la verdad que la reclama.

 

Los cristianos somos defensores de una cultura: la cultura de la vida, de la vida digna, con unos valores éticos y morales que nos trascienden, es decir, que no dependen de nosotros, de nuestras decisiones. Aunque el rechazo de estos valores esté consensuado por abrumadora mayoría en votación secreta, seguirían ahí, de igual manera que no depende de nosotros la Ley Natural, también puesta en entredicho a pesar de su evidencia.

 

¡Yo no he hecho más que lo que él hubiera hecho por mí!

 

La correspondencia al amor se contrapone al egoísmo de la sociedad del bienestar material y psíquico, que solo mira para uno mismo y sus intereses, que va contra la vida ¿de quienes?, de los demás, de los otros. No pueden decir que van a favor de la vida cuando pisotean la de los demás si el interés propio, el de su partido o el de la sociedad -según su particular percepción- así lo exige.

 

Una sociedad que pisotea a unos para obtener el bien -aparente- de otros, va a la muerte como tal sociedad. Queremos la vida y solo obtenemos la muerte, porque la vida se obtiene cuando se da, no cuando se toma ni cuando se quita a otro, nacido o no nacido, aunque solo esté en nuestro pensamiento.

 

Si se rechaza la vida, ella misma nos quitará la nuestra. Si se da la vida, llegaremos a exclamar ¡sabía que vendrías!, y la recibiremos de Dios, la auténtica Vida fruto de nuestra correspondencia a su generosidad, de nuestra fidelidad.

 

Mi esperanza y la de infinidad de personas está puesta en llegar a escuchar de Jesús: ¡sabía que vendrías! Porque Él nos espera, espera nuestra decisión de secundar su proyecto de vida, y llegar a recibir de sus manos nuestra morada definitiva en la Casa del Padre.

 

Vino a este mundo a enseñarnos el camino, se fue por delante de nosotros a preparar nuestra morada, y... nos espera. Espera nuestra correspondencia, nuestra fidelidad, Él sabe que somos capaces, y a pesar de nuestra fragilidad, aunque sea a rastras, sorteando el tiro cruzado de las ametralladoras enemigas, ¡sabe que iremos!