203 - ¿discutir?, para qué.
 

Yo no quiero discutir con nadie, porque, aparte de nuestra fe nada es importante como para crispar los nervios en discusiones que a veces mantenemos por... cabezotas, por orgullo, o lo que seria peor -pues eso no se cura- por incapacidad para comprender las razones del contrario.

 

Otras veces discutimos por desconocimiento, y se requiere humildad para admitir la existencia de motivos que llevan a una persona a actuar de una manera incomprensible para nosotros.

 

La discusión acalorada es una forma de dirimir cuestiones y raya la irracionalidad. La mente se ofusca y aparece lo visceral, incontrolable, agresivo y violento. Hace daño a nuestra sensibilidad y lleva tiempo devolver la paz al espíritu, a nuestro espíritu compungido, excitado y a veces humillado. Las victorias, si es que existen, son amargas y engañosas, pues se vence pero difícilmente se convence. Los sentimientos de culpabilidad solo se van si pedimos perdón en un dialogo sereno, perdón a la persona ofendida y perdón a Dios porque no es esa la actitud que quiere en nosotros.

 

Si uno no quiere, dos no discuten. Si uno se domina el otro no tiene mas remedio que sosegarse, y en este mundo crispado por el estrés y la ansiedad es necesaria más que nunca la serenidad. Humildad, mansedumbre, paz, amor a nuestros semejantes, ese es el camino.

 

Todo va rápido, lo queremos ya, y cualquier contratiempo nos pone del hígado, nos saca de nuestras casillas. Es la enfermedad de nuestros tiempos, el organismo humano no está hecho para este ritmo frenético, se exaspera con facilidad y se vuelve violento con los demás, con los que tenemos al lado… Retrocedemos en nuestra evolución, como si fuéramos depredadores peleando por una carroña.

 

Cuando defendemos nuestros intereses por encima de todo, a veces con auténtico desprecio hacia personas que no merecen ser tratadas así, llegamos a parecernos al rey Midas, pero convirtiendo en problemático todo lo que tocamos; vamos generando conflictos, y… sinceramente, eso no es vida, ni para el polémico ni para el sufriente.

 

Las parejas discuten, se vuelven irascibles, dificultando la tan gratificante reconciliación: ¡Recomenzar otra vez! Es una pena, porque ha hecho y hace felices a muchos matrimonios: Las reconciliaciones son una fabrica de amor auténtico en las parejas, ¡cuantas experiencias!, ¡cuantos idilios! Pero hoy no damos tiempo a la reconciliación y por eso aumentan los conflictos de pareja, el desamor, y lo que es peor, las rupturas y la ofuscada violencia de género.

 

Avidez, ansias de experimentar, de conocer, de… vivir ¡a tope! Todo eso va contra el amor tierno, sosegado, duradero…, contra una vida en común de personas humanas con corazón.

 

Todo es discutible, por supuesto, pero lo que no puede ser es que ¡todo se discute!, con independencia de donde está la razón o la verdad, todo se relativiza al propio interés en un mundo cada vez más egocéntrico y violento, donde

 

‘Yo’ soy el centro de todo, porque… he prescindido de Dios.

 

¡Todos son mis enemigos, todos van a lo suyo, yo me parapeto en lo mío!

 

Parecen gritos de guerra. Así, convertimos esta vida en una escalada de conflictos irresolubles y… el mundo no ha sido creado para que nos devoremos unos a otros.

 

 

Isaias 11, nos hace reflexionar y anuncia la paz que Dios promete:

 

 

Serán vecinos el lobo y el cordero,

y el leopardo se echará con el cabrito,         

el novillo y el cachorro pacerán juntos,         

y un niño pequeño los conducirá.

  

7.- La vaca y la osa pacerán,         

juntas acostarán sus crías,         

el león, como los bueyes, comerá paja.

  

8.- Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid,         

y en la hura de la víbora         

el recién destetado meterá la mano.

 

9.- Nadie hará daño, nadie hará mal        

en todo mi santo Monte,         

porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh,         

como cubren las aguas el mar.

       

 

Pero antes pasaremos por esta prueba que mas parece la ley de la selva que una convivencia fraterna de Hijos de Dios. Llegará el tiempo oportuno porque Jesús nunca desespera, pero será un Juez Justo para cada uno, y juzgará nuestro egoísmo, nuestra ira incontrolada, nuestra falta de amor.