201 - escepticismo incauto y engreído.
 

No somos capaces de aceptar la dignidad con la que estamos revestidos y que da sentido a nuestros actos, actos de bien, de amor. No somos capaces de renunciar a la ‘auto contemplación’ en favor de la ‘auto realización’. El amor propio nos orienta hacia la satisfacción de los sentidos, del instinto mas inmediato de... 'vencer al contrario aunque tenga que esperar que su cadáver pase frente a mi'..., 'preservar mis dominios, rifle en mano'... ¡Como si mis dominios fueran míos!

 

Somos mucho más que todo eso. El instinto de conservación ya lo teníamos antes de que el Creador infundiera un alma espiritual en nuestro ser. Desde entonces Dios ha esperado con paciencia nuestra evolución hacia la perfección humana, animada por el espíritu que nos acerca a Él.

 

Muchas decepciones le hemos dado, porque nos ha entregado todo, y aun así, despreciamos la maravilla de ser 'imagen suya'. Preferimos -eso parece- volver a nuestro estado original. Pero, claro está, sin renunciar a la evolución inteligente que el espíritu provoca en nosotros y nos permite vivir 'inteligentemente', nos hace capaces de intuir los misterios de Dios…

 

¡Eso ya no!, ¡eso no interesa!, ¡que Dios se quede en su sitio!, ¡que no intervenga en mi vida!

 

Acepto y le agradezco como me ha hecho, mejor que a la mayoría -unos impresentables-, acepto que algún día esto se acabe, cuanto mas tarde mejor…, pero nada mas, lo demás son cuentos, no quiero perder ni un minuto en ellos.

 

Así se podría argumentar hasta el infinito... y... no deja de ser otra forma de hacer el avestruz.

 

El ‘animal inteligente’ que queremos ser, no respeta el orden natural de la creación pues pisotea una parte esencial en nosotros, nuestro espíritu; se convierte en un monstruo para si mismo, para el mundo creado, es destructivo y puede originar su ‘auto aniquilación’. El mal es una enfermedad que hay que erradicar por la supervivencia de nuestro ser.

 

Por eso Dios elimina el mal de este mundo de la forma más humana: entregándose Él mismo, venciendo sus poderes, dándonos en antídoto y mostrándonos con toda claridad el camino hacia el bien y la verdad.

 

La realidad es la que es con independencia de nosotros mismos. Podemos adaptarnos a ella o hacer nuestra suprema voluntad, al final desapareceremos y nadie nos echará en falta. Habremos sido pura anécdota en este mundo, pero si somos dignos de Dios, pasaremos a formar parte de la inmortalidad a la que Él nos ha elevado y desea compartir con nosotros.

 

Un mendigo suplica una monedilla y, aceptaría jubiloso la gran fortuna de ser cubierto de oro, porque Dios da como quien es. Nosotros somos capaces de rechazar todo el bien inimaginable por... escepticismo incauto y engreído, sin analizar mas allá de lo que nuestra corta mentalidad puede abarcar.

 

Montamos un mundo a nuestra manera y nos desesperamos cuando vemos que las cosas no salen como hemos planeado; volvemos a empezar, y volvemos a cometer los mismos errores. Decimos a nuestros hijos ¡hay que luchar sin ceder!, pero mas bien deberíamos decirles ¡hay que luchar con cabeza y recapacitar con nuestros errores!, porque ¿y si estamos equivocados?, ¿cuántos se mueren orgullosos de no haber cedido nunca, hasta el final, empecinados en su error?

 

Escepticismo incauto y engreído. Jesús nunca pierde la esperanza, así lo hizo con Judas, hasta el último momento, y seguro que al final habría tenido unas largas conversaciones con el, pero… No seamos nosotros así, veamos el Amor detrás de todo lo visible, origen de cuanto existe.