| 246- PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS... |
"... y le fue perdonada toda su deuda”, pero... no comprendió la justicia divina.
Un talento era una fortuna, cien mil talentos eran cien mil fortunas, es decir, una suma infinita. Esa es nuestra deuda con Dios, deuda que nos perdona como buen Padre, y como tal, desea que sus hijos nos perdonemos ‘siempre’ como hermanos, que nos perdonemos de corazón, que olvidemos la afrenta –muchas veces, esa afrenta solo está en nuestra cabeza- ‘para siempre’, borrándola de nuestra memoria, de nuestro corazón, de nuestro ‘disco duro’ de manera irrecuperable.
"Perdono pero no olvido" no es perdón: el perdón siempre va unido al olvido.
Podemos decir "perdono y haré todo lo posible por olvidar", al menos ahí va incluida la lucha por pasar página, y aunque nos cueste sudores y lágrimas, es una de las batallas más heroicas y que Dios más aprecia.
Si nosotros exigimos lo que se nos debe en justicia -100 denarios-, sin importarnos el daño que causamos con ello, con esa justicia ‘injusta’ nos hacemos indignos del perdón de Dios -100.000 talentos-, Juez justo que siempre perdona.
No obtendremos su perdón cuando no perdonamos de corazón a los demás..."perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores...", nos hacemos indignos de Dios mismo..., ese es el infierno, eterno y sin retorno.
Como dice Benedicto XVI "no hay justicia sin perdón", Dios será justo con el injusto aplicándole su misma justicia: "con la vara que midiereis seréis medidos", nos dice Jesús. Si no perdonamos, no seremos perdonados, si guardamos rencor en nuestro corazón, si no tratamos con bondad fraterna a todos, justos e injustos, aunque nos hayan causado daños indecibles -Jesús perdonaba a los que le clavaban al madero-, por muchas razones que tengamos para juzgar y condenar, nunca seremos justos… y esa justicia se nos aplicará a nosotros.
Podemos juzgar el daño pero no las intenciones, ignorantes de la profunda verdad de un corazón humano imagen del corazón de Dios. Por eso si somos excesivamente críticos con los demás, nos equivocaremos en la mayoría de las veces cuando no ponemos por delante la presunción de inocencia, la intención, el posible arrepentimiento merecedor de perdón. El hijo pródigo volvió a su padre no para decirle “lo siento…”, sino para pedirle su perdón.
Dios perdona siempre y en eso tenemos que identificarnos con El, si no, seriamos unos mentirosos cada vez que rezamos el Padre Nuestro. Es injusto el dicho de "quien roba a ladrón, cien años de perdón", es tomarse uno la justicia por su cuenta, es vengar las afrentas recibidas... ¿donde está el perdón? Nos pasaremos la vida en el ojo por ojo y diente por diente, ley abolida por Jesús, sustituida por el perdón sin límites, dejándonos para ello el Sacramento de la Reconciliación, donde todo se renueva, renace, se transforma.
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