243- LOS RICOS PASAN HAMBRE

 

Jesús nos manda "dar de comer al hambriento", y si buscamos personas que de verdad tienen hambre, nos encontramos con muchos ricos, hartos de un alimento que no llena. Grandes necesitados que han colmado su vida de insatisfacciones y no dejan hueco para el verdadero alimento del espíritu.

 

Se han rodeado de poder, gloria, dinero, seducciones, materialismo... todo caduco... y han olvidado lo mas importante: el alimento que nos hace inmortales, que llena nuestra vida presente y nos da esperanza cierta para la futura. El alimento que nos hace valorar las cosas pequeñas de nuestro mundo en las que descubrimos la humana sencillez del Artífice de todo cuanto existe.

 

Si aspiramos a triunfos, grandezas y lucimiento propio, nuestra vida permanecerá vacía, con un vacío lleno de ansiedad e insatisfacción. Un vacío sin lugar para nosotros mismos, pues nos engañarnos llenando ese vacío de vanidades, caprichos, de nuestras falsas imágenes, artificiosas y estereotipadas..., muchas adicciones ajenas a nosotros mismos, a nuestra auténtica realidad interior, deseos y anhelos apagados por el mundanal vivir de apariencias.

 

Si el sarmiento no está unido a la cepa, no recibe alimento, no da fruto, se seca, pues se llena de... aire, en vez de recibir la sabia del espíritu de Dios Hombre. Por eso los ricos tienen hambre, porque se han saciado de cosas y cosas que no alimentan, y por más que intenten dar cabida al verdadero don de Dios, no hay lugar. Tendría que suceder un milagro: vaciar su alma para que puedan verter, poco a poco, un buen nutriente espiritual que les acerque a la sabiduría de Dios.

 

Porque Dios “colma de bienes a los humildes y a los ricos les despide de vacío”, ya tienen todo lo que quieren, han elegido bienes perecederos que acaparan injustamente en detrimento de otras personas. Les falta el amor que arrastre a dar de lo propio para adquirir bienes imperecederos: el agradecimiento, la comprensión, la estima, la amistad… La generosidad dilata el corazón para que entren los demás, convierte al rico en inmensamente mas rico, desprendido de bienes perecederos y lleno de bienes eternos.

 

Pero… todo lo material se nos pega, llega un momento que parece que solo existe lo visible a nuestros ojos carnales y miopes, y no deja lugar al espíritu, invade todo su espacio, lo hace desaparecer. Se precisa una gran fe, que adquiera materialidad, que se palpe, que arrastre nuestra carnalidad, que ocupe un lugar en nuestro corazón, en nuestra vida, que nos comprometa en medio de este mundo corpóreo, que nos sumerja en el inmenso mundo del espíritu, que nos lleve a Dios en cuerpo y alma.

 

“Los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Romanos 8).

 

Bien conocemos que no hay avance sin esfuerzo, si no nos hacemos violencia caemos en la horizontalidad; si nuestra voluntad no arrastra a todo el ser hacia el bien, caeremos inexorablemente hacia lo carnal y perecedero. El progreso en el camino hacia Dios exige muchas renuncias, de lo contrario este progreso es irreal, es acomodamiento. Acomodamos nuestro aburguesamiento a las circunstancias, no vamos por delante, no buscamos con ahínco las ocasiones de hacer el bien, de mejorar nuestra alma ayudando a los que tenemos al lado, de olvidarnos de nosotros mismos y ponernos sin condiciones a disposición de Dios encarnado en sus criaturas.

 

¡No mas hambre de Dios!, porque Él se nos da, pero no tenemos sitio para cobijarle y… es cuestión de abrirle un hueco… amplio, espacioso, generoso...