| 231- AYUDAR SIN PEDIR NADA A CAMBIO |
“Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis” (Mt 25,35)
El mundo, para sobrevivir, necesita una actitud implícita en nuestra alma humana: querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos. Pero al estar en gran medida contaminada por el mal que nos domina, se infiltra el interés propio, suplantando al ajeno en casi todos nuestros actos, eliminando así la ‘ayuda desinteresada’ que Jesús nos pide.
Dar de lo nuestro, como hicieron los discípulos de Jesús, que teniendo solo unos peces y algún pan, lo dieron todo… y Jesús premió su acción, engrandeció su gesto desinteresado hasta límites insospechados para nosotros, como solo Dios puede hacer.
Nunca sabremos el efecto multiplicador que Jesús imprime a nuestras ayudas a los demás. Siempre revierten en bien para todos, mas para el que ayuda que para el que es ayudado. Por eso hay que dejarse ayudar, cuando sea necesario, pero sin pasarse.
Y si alguna vez pensamos que nuestra ayuda desinteresada a otras personas cae en ‘saco roto’, ¡ojo!, nada bueno cae en saco roto, es una apreciación aparente, o es que nuestra ayuda no ha sido del todo desinteresada.
En ese caso estamos reclamando la compensación que creemos merecida y... nunca llegará; hemos actuado con hipocresía y hemos echado a perder un bien para nuestra alma, un inmenso bien que es vivir como Jesús vivió en el desprendimiento de las cosas terrenas, la generosidad en nuestros actos, buscando solo el bien de los demás, en nuestra donación personal a los que necesitan nuestra ayuda, material, psíquica y espiritual.
Hemos renunciado a la satisfacción del ¡deber cumplido!, de hacer el bien y ocultarse a los demás, pues solo Dios nos contempla y… ¡que delicia sería escuchar de su boca “Tuve hambre y me disteis de comer…”
Sería ridículo que una madre pidiera compensaciones a su hijo por haberlo traído al mundo, por haberlo alimentado y educado. Estaría renunciando a la mayor de las recompensas: el cariño que brota del corazón de su hijo fruto del amor desinteresado, no como paga por un servicio prestado.
En la guerra de intereses egoístas no se puede ayudar porque no te dejan; desprecian la ayuda por ofensiva, es malinterpretada, no entienden la donación de un cristiano, de personas humanas con corazón, la ven ‘siempre interesada’, ‘algo maquinan cuando se muestran tan serviciales’, piensan. Mejor quedarse al margen y esperar, ya vendrá la paz y traerá mejores tiempos.
Pero tanto en la paz como en la guerra, nuestra actitud de cristianos y personas humanas, es la de estar siempre disponibles para echar una mano, a quien la necesite, sin pedir nada a cambio.
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