223 - VIVIMOS UNA PERMANENTE ADOLESCENCIA

 

Creo que parte de esta sociedad vive una permanente adolescencia, debido a la incongruencia de actitudes personales en toda edad y condición, propias de esta controvertida edad adolescente:

 

 

Se pasan por alto cuestiones decisivas en nuestra vida y se dogmatiza en otras banales o sin importancia.

 

Nos admiramos a nosotros mismos y supeditamos la existencia a nuestro 'ego', y la imagen que ofrecemos.

 

Se quiere ser 'alguien' de puertas afuera y olvidamos nuestro interior de puertas adentro.

 

Somos envidiosos y deseamos los éxitos que vemos en otros -aparentes en muchos casos- hasta hacernos perder la razón.

 

Nos creemos dueños de nosotros mismos con todos los derechos y pocos deberes. Somos de Dios. No disponemos de nosotros mismos si no es para hacer el bien, lo demás va contra natura.

 

Hurgamos en la conciencia de los demás, a la que solo Dios tiene acceso y puede juzgar, y no analizamos la nuestra, que es la que nos debe importar.

 

Se pide consejo a quien sabemos que no va a contradecir nuestro criterio, sin admitir los de quien realmente nos quiere y no oculta la verdad de nuestros errores.

 

No sabemos escuchar, preferimos ser oídos hasta el aburrimiento, en realidad solo nos escuchamos a nosotros mismos.

 

No nos importan las consecuencias que nuestros actos pueden acarrear a otras personas, cuando estos actos nos benefician.

 

Somos radicales por naturaleza, y cuando algo no nos gusta tendemos a despreciarlo en su totalidad, sin pararnos a pensar que estamos actuando visceralmente.

 

Quizás el motivo por el que algo no sea de nuestro agrado es una pequeña parte del conjunto, o, peor aun, un momento anímico en el que rechazamos eso y lo que se nos ponga por delante.

 

Acomodamos la vida a nuestro criterio de bienestar y no admitimos que Dios nos la altere.

 

Huimos del sufrimiento y del dolor sin pensar que 'la poda hace reverdecer nuestra alma'.

 

Reducimos las cuestiones espirituales de tal manera que no influyan en nuestra vida, sin darnos cuenta que materia y espíritu van íntimamente unidos, y una da vida humana a la otra. Así, 'pasamos' de las cuestiones del espíritu y nos sumergimos en los deleites materiales sin estorbos morales.

 

 

En definitiva, nos comportamos como adolescentes que no queremos crecer en la fe ni aceptar las exigencias que conlleva. Somos intransigentes, radicales, superficiales, eliminamos lo que requiere esfuerzo y… ¡no mola!, no nos va, ¡que pringue ir a misa!, son rollos para otros.

 

Estos razonamientos en personas jóvenes dan lástima, pero en personas adultas mucho mas. Normalmente en la vida no es necesario hacer grandes cosas, ni tomar grandes decisiones, ni ser inflexibles..., basta ir dando pequeños toques de timón para enderezar un asunto que se nos tuerce, pero con criterio y sentido común. Rara vez ocurre que necesitemos un cambio radical que, lógicamente tiene mas dificultad…

 

Estas pequeñas cuestiones requieren cordura, la vida no está en ‘mucho tener’, está en ‘poco gastar’. ¿A que esa obsesión por ‘mucho tener’...? Volvemos a perder la cordura, incapaces de soportar el envite de esta sociedad de consumo, incapaces de ‘poco gastar’, pues todo nos deslumbra, nos abre el apetito, nos volcamos en las cosas, las queremos poseer, experimentar, disfrutar ¿?..., publicidad engañosa..., el mundo ofrece todo..., humo...

 

Somos como adolescentes que nunca maduran, que nunca sentamos la cabeza para pensar con raciocinio. No nos comprometernos seriamente con nuestro destino.