222 - ¡corre, corre!

 

La naturaleza no tiene prisa, sigue sus ritmos, recorre sus periodos hasta el final, no se salta nada, en orden, con una cadencia armónica.

 

Nosotros formamos parte de ella... pero no seguimos su ritmo, siempre tenemos prisa ¿para que?, para llegar antes a... ningún sitio.

 

Correr, correr, parece que vivimos un mundo lleno de ansiedades, y eso es una enfermedad, menos mal que no es mortal, solo crea depresión cuando no podemos mas..., ¡menudo panorama!...; algún ‘batacazo’ que otro, por precipitados..., esto es menos grave, se levanta uno y... a relajar el paso.

 

El labrador siembra, abona, recava, riega, pero no puede adelantar los frutos, ha de esperar, no tiene prisa, cumple su deber y espera. Sabe hacer que sus actos cooperen con los ritmos naturales que Dios ha puesto, sabe reservar tiempo para el espíritu... ¡es más sabio que otros!

 

Correr, correr, no tiene sentido porque se corre por... ¡poseer!, poseer lo que nunca podremos poseer porque no es nuestro, porque todo es de Dios que nos lo da y nos lo toma cuando quiere, es decir, nosotros somos sus administradores en la tierra, y cuando el ‘Jefe’ nos llame, tendremos que rendir cuentas.

 

De aquí que... si mucho poseemos ¿a quien se lo hemos quitado?, si nuestros bienes son un don de Dios ¿con quien vamos a distribuir lo que administramos?, ¿como vamos a justificar nuestras acciones?, ¿como cerraremos el balance?

 

Con las prisas no hemos dedicado tiempo a reflexionas sobre nuestra actitud ante el uso de los dones recibidos de Dios. Duda irreflexiva..., nos quedamos con todo, con lo lícito y con lo ilícito, ¡para que pensar más!

 

Siempre la prisa que mata el espíritu, nuestro espíritu, pues su alimento es la oración reposada con Dios, la meditación de lo trascendental en nuestra vida, de nuestro destino. Y lo peor es que ¡morimos matando! Dramático final para una vida, no solo por la muerte física -un paso hacia otra vida que nos espera- no, más importante, decisivo y trascendental es la muerte del espíritu para Dios, el nuestro y el de otros que arrastramos con nuestra cerrazón, con nuestro correr, correr hacia la desesperanza...

 

Calma, toma unos días de descanso, de reflexión, no dejes que la desertización avance en tu alma, no cunda el pánico, ya llegará la deseada paz interior. Con ella exclamaremos ¡voy despacio porque tengo prisa... en llegar a la casa de mi Padre Dios!