219 - nuestra profesión, un servicio

 

Dios ha puesto un mundo ‘incompleto’ en nuestras manos, para completarlo, dominarlo y perfeccionarlo con el ‘buen hacer’ que Jesús nos enseñó y con nuestra profesionalidad. Por ello, nuestra profesión, sea la que sea, adquiere un rango excelso, es un querer divino de servicio a la sociedad, a los que tenemos al lado.

 

Cumple además una necesidad económica de supervivencia personal y de nuestra familia; pero por encima de estas necesidades, un buen profesional no deja de prestar ese servicio si alguien lo necesita, aunque no esté asegurada la contraprestación económica..., vive la gratuidad. Nuestra ciencia y nuestro saber es un bien que nos trasciende, ojala todos fuéramos sabios, éticos y buenos profesionales, el mundo iría por otros derroteros.

 

Dios nos ha dado las capacidades, nosotros ponemos el tesón y el esfuerzo, los demás nos lo agradecen y tanto uno como otros nos recompensan de la mejor manera. Es incongruente buscar el éxito profesional por vanagloria, por dinero exclusivamente, por demostrar ser mejor que otros ¿a quien se lo tenemos que demostrar?... a nosotros mismos por... absurda complacencia.

 

El éxito profesional cueste lo que cueste es injusto, evita que otros profesionales puedan desarrollar su labor honradamente y prestando un servicio de calidad, pues, cualquier competencia acaparadora se vuelve agresiva, poniendo en dificultad la supervivencia de gabinetes con menos ambición de lucimiento propio en favor de la profesión como servicio.

 

Muchas veces nuestras actitudes son vergonzantes aunque en algo seamos unos genios, nuestras deficiencias son patentes y no queremos reconocerlo porque el ‘ego’ nos ciega, hacemos el ridículo con nuestro pavoneo... Echamos por tierra todo nuestro saber, todo nuestro prestigio y dejamos de hacer el bien que debemos, o hacemos mucho menos del que podríamos hacer.

 

En palabras de Pascal “El corazón tiene sus razones que la razón no entiende”, y muchas veces hay que dejar al corazón salirse con la suya ante las necesidades de otros, aunque no cuadre en nuestra despierta inteligencia. Nuestro trabajo es un don de Dios que cuando está bien hecho, con profesionalidad, con honradez y mentalidad de servicio a los demás, sean quienes sean, santifica nuestro espíritu, compensa y recompensa porque nos hace personas muy valiosas para la sociedad y... recibiremos de Dios y de los demás el ciento por uno.

 

Es una delicia contemplar la labor de un buen jardinero, un buen camarero, un buen cirujano, un buen abogado..., sin embargo es odiosa la desidia de un mal profesional, el daño que puede hacer y el bien que deja de hacer. El mundo puede avanzar hacia la perfección de Dios en el amor y entrega a los demás o retroceder hasta... no se sabe donde en el desamor, la desesperanza, el egocentrismo.

 

Un buen profesional, seguro, es un buen amante, contempla la maravilla creada con una sensibilidad especial..., se siente pequeño ante tanta grandeza, se siente agradecido ante tanta bondad. Seguro, se conforma con el arte que Dios le ha dado, se esfuerza en perfeccionarlo con el estudio, el trabajo intenso y eficaz, la constancia, despacio porque tiene prisa... Prisa por agradar, servir, cumplir su misión, llegar a buen puerto y..., llevar consigo a todos los suyos. Su objetivo está claro: la verdadera felicidad en el amor sin interés.