Si después de una heroica batalla viene la gloria, gloria efímera, ¿Qué no merecerá una gloria perdurable?

165 - ME APETECE
 

Apetecer, según el diccionario de la Real Academia de la lengua, significa ‘tener gana de algo, o desearlo’. El apetito es un estímulo que regula nuestras necesidades, pero en la sociedad actual, los apetitos se desvirtúan hacia el capricho, la vida fácil.

 

Por esto, nunca me ha gustado la expresión ‘me apetece’ y he procurado huir de ella. Supone una sustitución de otros términos más propios: debo hacer, tengo que hacer, voy a hacer. Porque está en la naturaleza humana ayudar a nuestros semejantes, debo ayudar a este, tengo que ayudarle, voy a ayudarle. Esta última expresión es para mí la más correcta y denota dominio sobre uno mismo, sin dejarse llevar por ‘apetitos’ de muy diversa índole.

 

Que distinto es ‘me apetece un helado’ a ‘voy a tomarme un helado’. En el primer caso parece que el apetito sensible, el instinto mejor o peor educado, dicta lo que debo hacer. En el segundo caso, somos nosotros mismos los que después de reflexionar la conveniencia o no de un acto tomamos libremente la decisión.

 

Parecen menudencias, pero no lo son, nos van llevando hacia distintos comportamientos que en términos educativos y de autocontrol no son poca cosa.

 

Dejándonos llevar por… la moda, la opinión de los demás… ¡que dirán!, lo fácil, los instintos, la primera impresión, la indiferencia, el deseo… podemos terminar en el relativismo mas absoluto. Nada importa más que ¡lo que en este momento me apetece!

 

Esta actitud tan extendida destruye el espíritu que habita en nuestro interior, cierra la puerta al Espíritu de Dios, que solo entra y siembra el bien en nuestro corazón si lo abrimos a sus dones.

 

La bondad, el amor, la ayuda desinteresada, la entrega de una vida a los demás…, en definitiva, el bien que contemplamos en medio de tanto mal, tanto egoísmo y tanto fanatismo, ese bien es el fruto que el Espíritu de Jesús siembra en nuestras almas cuando no vivimos para nosotros mismos, sino con la mirada puesta en Dios.

 

Sin embargo ‘apetece’ mas otro tipo de vida, porque Dios es exigente. ¿Tiene valor un objetivo importante logrado sin esfuerzo? Cuesta conseguir altas metas en la vida, se hacen auténticos sacrificios por escalar un ‘ochomil’ solo para satisfacción personal y un reconocimiento de nuestro valor excepcional; todo muy bonito, pero ¿cuando la meta es alcanzar el Amor?, causa de nuestra existencia, del bien que anhelamos y no encontramos, de la felicidad plena, tan buscada, a la que solo nos aproximamos de lejos en algunos momentos de nuestra vida, una meta que ‘colma plenamente nuestras esperanzas de eternidad’ como Jesús nos ha prometido…, entonces, compensan todos los sacrificios, y el ‘me apetece’ queda reducido a nada.

 

Si después de una heroica batalla viene la gloria, gloria efímera, ¿Qué no merecerá una gloria perdurable?

 

¿Que me pides Señor para merecer tu gloria?: "ven y sígueme..., no tengas miedo…, mi yugo es suave y mi carga ligera...". Caminar junto a Él en este mundo, es decir, junto a sus hermanos los hombres y mujeres, sobretodo los más necesitados, y hacernos Jesús para ellos, porque Él está en todos nosotros, y en la gente pobre y humilde, mucho más, con mucha mas presencia...

 

Ellos le dejan estar y no le ponen condiciones como nosotros, le dan lo poco que tienen porque están acostumbrados a dar todo, por eso no tienen nada y son mucho mas libres para abrazar y comprender al mismo Dios. Tienen esa gran ventaja respecto a nosotros. Son los preferidos de Jesús, y además, tienen un corazón sencillo como los niños, no pierden la paz ante la escasez, no buscan la seguridad en esta vida atándose a ella, aunque puedan disponer de muchos bienes, no actúan por ‘apetencias’ pues saben que son administradores a los que su dueño pedirá cuentas. Son fiel reflejo del mismo Jesús.