164 - LA HOMOSEXUALIDAD Y EL LESBIANISMO SON CONTRA NATURA
 

Acepto y amo la diferencia en personas diferentes, pues Dios no hace distinción de ningún tipo, ha creado un ser ‘único’ en cada uno de nosotros.

 

Rechazo la promiscuidad que va contra esa divina creación, violando el uso de sus dones, dándole un sentido pervertido en muchos de sus términos, pues la sabiduría divina no es aleatoria ni se contradice, solo el mal degrada los fines de la naturaleza.

 

La promiscuidad es propia de personas vacías en su interior y permeables a todo. Carecen de ideales capaces de hacen subir la presión interna, que aumenta nuestras defensas ante el mal que viene de fuera.

 

Todo evoluciona hacia la perfección, hacia nuestra mejor adaptación a ese mecanismo natural del que formamos parte; de no ser así, la evolución nos llevaría irremisiblemente a la autodestrucción de la persona, del mundo. Por muy perfecto que sea un cuerpo, siempre puede tener alteraciones, malformaciones, ataques externos en algunas de sus partes que solo son mortales si pervierten el sentido unitario del cuerpo.

 

No soy moralista, pero la razón y el Espíritu me dicen que la homosexualidad y el lesbianismo son contra natura. Hombre y mujer nos creó Dios para amar con el cuerpo engendrando frutos que perpetúen la especie, frutos de nuestra generosidad, frutos innumerables de fidelidad y amor al Creador que nos ha dado tal poder, que cuenta con nosotros en sus fines de salvación y felicidad eterna que a todos abarca, como infinito es su amor y nuestra capacidad de amar.

 

La lucha por encauzar nuestras propias tendencias cuando no son afines a un orden natural, forma parte de la esencia de nuestro existir en un mundo creado en la perfección y la libertad de Dios, tronchado por el mal de nuestras transgresiones, que como una infección vírica se ha introducido en nosotros. Pero a pesar de ello podemos llegar a una vida en castidad, en fraternidad, en solidaridad, en espíritu de reciprocidad con Dios. Es duro, derramaremos muchas lágrimas, pero todo compensa.

 

Nuestra esperanza está basada en una promesa: primero de redención -liberación del mal- y luego de la llegada del Reino de Dios -el bien-. Jesús nos ha liberado de las cadenas y nosotros podemos y debemos completar esa liberación hasta hacernos merecedores del Reino de Dios, para siempre, sin límites, en cuerpo y espíritu.