El mundo muere con la corrupción, con la trasgresión de las leyes impresas en él por el Creador. El pecado destruye el mundo y al hombre que forma parte de él. La salvación del hombre solo es posible si emerge de la destrucción, de la corrupción, de la podredumbre, si resurge de sus propias cenizas.

150 - VOLAR ALTO
 

Somos una semilla sembrada en tierra, con un potencial tremendo que, aunque en este mundo no podemos desarrollar en todo su esplendor, está a nuestro alcance subir, subir alto, hasta volar… muy alto, tocar el cielo. Necesitamos crecer, salir de la tierra, germinar y brotar con fuerza hacia el espacio exterior, aflorar toda nuestra capacidad de amor, fructificar en frutos dulces al paladar...

 

Si no luchamos por subir, superando los obstáculos terrenales, por salir de la materia hacia el espíritu, jamás brotaremos, la semilla se pudrirá, no perpetuaremos nuestro ser ni dejaremos rastro, estaremos muertos para siempre, muertos para la Vida: nuestro empeño será vano, nuestros ideales pasarán como luz de estrella fugaz, nuestras obras se sumirán en el olvido. Solo perdurará y llenará la vida de suave aroma lo que florece para no marchitarse jamás, porque alcanzará la eterna juventud, la pureza y esencia de Dios.

 

Si ponemos en duda todo lo que nuestro pequeño cerebro no es capaz de comprender, no entenderemos que es preciso morir a lo mundano para resurgir, estaremos destruyendo nuestro espíritu que, es lo que perdura, lo que nos hace rebrotar con fuerza para ‘volar alto’.

 

El mundo muere con la corrupción, con la trasgresión de las leyes impresas en él por el Creador. El pecado destruye el mundo y al hombre que forma parte de él. La salvación del hombre solo es posible si emerge de la destrucción, de la corrupción, de la podredumbre, si resurge de sus propias cenizas.

 

Morir para vivir. Morir a todas estas perversiones para vivir en la bondad, en la fraternidad, en el amor, en Dios. No abandonamos el mundo ni nos despreocupamos de él, sacamos lo mejor de nosotros para crecer en él, rompemos nuestro caparazón podrido para germinar con el mejor ‘yo’: nuestro potencial interno, nuestra fuerza espiritual. Después, afianzadas nuestras raíces, ayudamos al mundo a salir del ostracismo, nos apoyamos en él, en lo bueno y noble que tiene por esencia creadora, para sacar adelante esta sociedad que es la nuestra, escuela de aprendizaje para subir y merecer la eternidad.

 

Este mundo no se salvará, pero será recreado, y en él, los que hayan tenido la dicha de ‘dar el salto’ vivirán una nueva reencarnación.