| 97 - JESÚS ORABA | ||
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Jesús oraba, hablaba con su Padre Dios "en todo momento y circunstancia", no como yo, que me paso horas sin ni siquiera un "pensamiento" para Dios. Cuando Jesús necesitaba más intimidad se escapaba al monte, solo, pasaba la noche en oración, no se dormía como me ocurriría a mí. De rodillas le hablaba a Dios Padre y Madre a la vez, y se arrodillaba frente a Jesús, abrazados en la intimidad de un Padre y un Hijo que anhelaba su regazo. Se transmitían un tierno cariño filial y paternal, mientras el Espíritu descendía con ellos. Jesús le contaba la compasión que sentía por personas humildes y pobres que acudían a él con fe grande, oprimidas por los poderosos soberbios y sin fe. Le contaba cosas cotidianas, la relación con sus discípulos, cómo iban aumentando su fe y confianza en Él, en las palabras que susurraba al corazón de cada uno, aunque las dijera en voz alta a todos ellos; le contaba entusiasmado cómo los sencillos y humildes de corazón entendían su mensaje, y se quejaba de la cerrazón de los sabios y poderosos. El Padre le daba fuerza, le apoyaba, le confortaba, le colmaba de sus dones, contemplaba a su Hijo fiel haciendo la voluntad de Dios para culminar la Redención de un genero humano que “no nos la merecíamos", porque habíamos llegado a cansar hasta a las mismas piedras con nuestro pertinaz empeño en no querer ver mas que nuestra verdad. Y a pesar de todo, Dios Padre animaba a su Hijo Jesús a continuar con todas sus fuerzas el camino iniciado. Sabía que no tenía que pedírselo, que su entrega era total. Jamás nadie ha visto a Dios. Pero Jesús, Dios y Hombre, contemplaba a su Padre con los ojos del espíritu y con los ojos de la carne. No podía ser menos. El cumplimiento de su misión terrenal, enternecía el corazón de un Padre Dios volcado en su Hijo. En la oración del huerto de Getsemani, la angustia de Jesús era total y necesitaba más que nunca ser sostenido por el Padre, transido por los padecimientos de su Hijo, por la obediencia sin fisuras "hasta el final" y....sin hacerse ver por los discípulos, solicitó de sus ángeles que les acompañaran a los dos, Padre e Hijo en el tremendo y angustioso momento. Dios, con su dolor infinito, no quería aumentar las angustias de su Hijo, e intentó superar las suyas sufriendo y callando, como un padre de la tierra con un hijo a quien no quiere evitar el sufrimiento de un mal momento, necesario por otra parte, y que tampoco quiere aumentar ese dolor mostrándose compungido ante su hijo. Jesús sufría la situación de desamparo hasta arrancar esa queja...."Padre, Padre, ¿por que me has abandonado?". El dolor de Dios Padre ha tenido su momento álgido en ese instante del poder tenebroso. Jesús necesitaba esta unión intima con el Padre para cumplir su misión en el mundo, y se la transmitía a los apóstoles, les enseñaba a tratar al Padre, a quererle como él, a fundirse en un solo corazón…. pues el Corazón de Dios es inmenso y en él cabemos todos. Si Dios trata así a su Hijo, de igual manera nos trata a nosotros puesto que nos ha creado a imagen y semejanza suya. Por tanto, ¿como tiene que ser nuestra oración?, como la de Jesús, la de un buen hijo luchando por hacer la voluntad de un Padre que supera en todo al padre mas maravilloso que podamos imaginar. Los apóstoles, todos los que le seguían, toda la Iglesia a lo largo de los tiempos y…. nosotros, y yo, torpemente lo intentamos. Luchamos en esta vida por armonizarla con los designios del Creador, pero nos dejamos arrastrar y hacemos muchas cosas "al revés", creyendo estar haciendo la voluntad de Dios, en realidad hacemos lo contrario y..., nos damos cuenta y..., lloramos..., pero no desesperamos, intentamos tener más intimidad con Dios, imitando a Jesús, acudimos a su perdón, y descubrimos que "Él siempre nos perdona"... Seguimos adelante, con nuevo ánimo. Pero nuestros tropiezos se repiten a menudo, y volvemos a acudir compungidos a Jesús con deseo de superación, de dar un paso mas, y aunque no se note, nuestra unión con Jesús va en aumento, avanzamos, no somos los mismos de hace unos años, estamos.... mas cerca de nuestro destino. Jesús oraba al Padre por nosotros, y sigue orando siempre. Nuestra felicidad es completa cuando hacemos de la vida una "continua oración", como la de Jesús, que influye decisivamente en todos nuestros actos y en nuestra relación con los demás. ¡Que diferente se presenta nuestro caminar por este mundo, de la mano de Dios, que nos lleva a paso firme y suple nuestras imperfecciones! | ||