| 96 - DIOS NOS QUITA LO QUE SOBRA | ||
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"Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto" (Jn 15, 2), nos dice Jesús en referencia al Padre. Nuestros primeros frutos vienen de la oración: elevar humildemente la vista a Dios, verle mejor, escucharle en nuestra alma, hablarle, dialogar, enamorarnos…. Para ello el Señor nos "limpia" de todo lo que estorba, aunque sean cosas buenas, pero estorban para llegar a su intimidad, nos absorben demasiado, hay que limitarlas. Porque Dios es "un Dios celoso", como cualquier amante, no permite que nuestro corazón sea acaparado por apego humano, sea de nuestras personas más cercanas, sea de cosas cotidianas. El amor a la esposa, a los hijos, a los amigos, la profesión…, deben permitir nuestra oración intensa, poder llegar a Dios. No deben ser obstáculo puesto que de Él proviene todo afecto noble a las criaturas. Se podría decir que la vida incluye un proceso de desapego. Es duro en muchas ocasiones, pero, la vida ya es dura en si misma y…. necesitamos orar, avanzar hacia nuestro destino en el espíritu. La emancipación de los hijos es una etapa más que nos permite avanzar hacia Dios, cumpliendo cada uno su misión sin ataduras, pues a veces la excesiva dependencia de unos hijos respecto a sus progenitores, ralentiza su desarrollo personal psicológico y no se van cubriendo etapas necesarias en la vida, etapas de madurez, de avance espiritual. “Necesitamos esta unión íntima con Dios en nuestra vida cotidiana. Y ¿cómo podemos conseguirla? A través de la oración” (B. Madre Teresa) Es la manera de poder vivir la auténtica fraternidad de hermanos hijos de un mismo Padre, pues somos una única familia con un destino eterno. Todas las personas con las que convivimos necesitan nuestro influjo, que podemos transmitir siendo Hijos de Dios y comportándonos como tal. No nos opongamos a que Dios “quite” todo aquello que estorbe en nosotros para estar más unidos a Él y a los nuestros, por Él: manías, costumbres egoístas, compensaciones a nuestra sensualidad, asperezas en el carácter, aficiones que roban excesivo tiempo a los nuestros y a Dios, aburguesamientos indignos de un cristiano... “Salía de Él una virtud que sanaba a todos”, dice el evangelista, y muchas veces esa virtud no puede llegar a nuestra alma por la costra que tenemos acumulada. Lo mundano pasa, y no puede ser una lacra para nadie. Dios nos quita lo que sobra, ¡duele!, pero después nos cura las heridas, y en poco tiempo estamos irreconocibles, más ligeros, mas alegres y, ¡a volar otra vez! | ||