| 95 - EL ESPÍRITU DE DIOS |
Purifica, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón..., le pedimos y Dios nos escucha: “derramaré mi Espíritu sobre toda carne...” (Hch. 2,17) Su actuación en el alma es "suave y apacible...; viene a salvar, a curar, a iluminar…” (San Cirilo) "El es quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera" (San Josemaría). “Somos ya un pueblo santo para publicar las grandezas de Aquel que nos sacó de las tinieblas a su luz admirable” (Hch. 2,11). El Espíritu Santo es quien nos impulsa a levantar el corazón a Dios en un momento inesperado, a realizar una obra buena..., a cambiar nuestro sentir hacia los demás, para darnos sin esperar recibir, a ir formando el nuevo “yo” que surge como evolución hacia el bien, hacia la bondad, hacia Dios, de mi “yo” actual, de mi “yo” histórico inamovible, lleno de luces y sombras, de alegrías y sinsabores…. La persona que quiero ser, que el Espíritu de Dios me sugiere, lucha con la que es, que no quiere perder privilegios ni cambiar unas rutinas adquiridas. No siempre el cambio es radical, normalmente son pequeños cambios para mejorar aspectos que nos facilitan el acercamiento a Dios y a los demás. Nuestra lucha cobra más interés cuando escuchamos las mociones del Espíritu Santo y las oímos en nuestra alma porque hemos estado muy atentos a los signos abundantísimos que Él nos envía. Son como llamadas en cada encrucijada, que nos orientan de forma eficaz y no debemos desaprovechar: algo me dice que…, lo normal es hacer esto pero veo que debo…, el corazón me dice que no sea cobarde y… que no sea miedoso… ¡para qué complicarme la vida!, pero… esta persona es buena, me hace mucho bien, veo en ella que Dios me pide “algo”…. Tengo abandonada mi alma y necesita dedicación, necesita “alimento” igual que mi cuerpo, la tengo ahí… arrinconada, y no soy justo, porque es la mas inteligente, humilde y comprensiva de todas mis potencias. Yo no le hago caso, ella no protesta… pero esto tiene que cambiar, de ella puedo sacar toda la bondad, todo el bien que soy capaz de hacer, toda la felicidad y amor que puedo transmitir y compartir. Mi alma, esa pobre escondida, es la única capaz de poder y saber escuchar la voz de Espíritu de Dios, bastante olvidado en mi. El Espíritu nos impulsa a este tipo de razonamientos y podemos pasarnos la vida esquivándolos, absorbidos por otros “entretenimientos” muy importantes que nos dan prestigio, nos llenan, no nos dejan tiempo para “otras cosas”, para el espíritu ¿para qué?, que nos acerca a Dios ¿a quien? ¿quién es ese señor?... eso son alucinaciones para “mojigatos”… La vida puede darnos un “revolcón” en cualquier momento y… nunca es tarde, el Espíritu está buscando ese instante que puede ser un inicio de algo esperanzador para nosotros, si somos capaces de darnos cuenta, si somos lo suficientemente humildes para aceptar el “soplo divino” en esos aconteceres de la vida. |