94 - NUESTRO SANTUARIO

 

 

   

En la profecía de Ezequiel -37, 28-, Dios promete que se establecerá en su pueblo, el Pueblo de Dios, su Iglesia, para siempre: “Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre”.

Efectivamente, Jesús habita con nosotros, en cada sagrario del mundo, Él es nuestro Templo, esté donde esté le adoramos, le hablamos, nos habla, nos consuela, le damos cariño, le acompañamos, pedimos por los que pasan de Él, le amamos, le poseemos, nos posee…

Es el Templo de la Nueva Alianza, con independencia de la magnificencia del edificio que las manos del hombre le han construido, una catedral, una simple capillita, o una “Misa campestre” celebrada en un templo magnífico sin columnas, con la bóveda celeste cubriendo a Jesucristo y su Pueblo allí presentes. No hace falta templo material, Dios mismo y nuestros corazones que palpitan en su presencia, este es el auténtico Santuario profetizado por Ezequiel.

En palabras del cardenal Ratzinger “…no es casualidad que cuarenta años después de la crucifixión el templo desaparezca para siempre de la historia, porque lo que simbolizaba se ha hecho realidad”.

Cuando no sabemos ver la presencia de Dios entre nosotros, y no sabemos donde poner nuestro corazón, nos afanamos en buscar templos terrenales que aparentemente llenan nuestras ansias de felicidad y eternidad, pero sufrimos desengaños porque nada aquí es perdurable ni da una felicidad auténtica. Son momentos pasajeros en los que nos sentimos ahítos de felicidad y satisfacción, pero llega la resaca, el bajón, la realidad cruda y... la desilusión.

Somos poco reflexivos al aceptar las cosas que nos ofrece el mundo en demasía. Nuestra mente no es capaz de asimilar este continuo torpedeo, esta invasión de ofertas de felicidad que nos convierten en adoradores del bienestar material, de la belleza carnal, de lo aparente en vez de lo verdadero, en un santuario construido con dinero y en el que solo habita el dios dinero…, y en definitiva, todo esto nos deja… ¡una inmensa soledad!

¿Cuánto mas valor tiene una rosa entregada con amor que todo el dinero del mundo? ¿Cuánto mas vale buscar a Dios donde está, en nuestro interior unido al Sagrario, que donde solo existe apego a lo material y ceguera al espíritu?