71 - SERVIR

 

 

Servir como Jesús nos enseñó: con el corazón, con la voluntad, con alegría, cariño y amabilidad, sin prisa, como si fuera lo único que tenemos que hacer en ese momento.

 

Un cristiano tiene que excederse en esos servicios mutuos diarios que componen nuestra vida, ocuparse más de los que tenemos a nuestro alrededor que de uno mismo. Dios nos recompensará. Pero aunque no fuera así, nuestro amor a Jesús y nuestra disposición a imitarle en todo, nos lleva a servir sin esperar nada a cambio.

 

"Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y con eso quedes recompensado. Al contrario, invita a los pobres, a los inválidos y a los ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos". (San Lucas 14, 12-14)

 

Esta maravillosa promesa hace que nuestra felicidad sea máxima cuando ayudamos desinteresadamente a personas que no te pueden devolver el favor recibido. Haces feliz a otros, sientes en tu interior que estás siguiendo los pasos de Jesús. La dicha es grande si se persevera en esta actitud que a tantas personas ha purificado y hecho dignas a los ojos de Dios.

 

Otras personas están instaladas en su "yo" y solo se sirven a sí mismas, sin preocuparse de los que tienen al lado; sin embargo, son los primeros que protestan: "no hay derecho, esos pobres niños que se mueren de hambre en el mundo, y nadie hace nada". Solo protestan, porque ellos no se mueven de su cómodo sofá, ni para ayudar a los próximos ni a los lejanos.

 

Nuestro primer deber es con los que tenemos al lado, pues conocemos y sabemos sus necesidades; después, un alma noble siente el sufrimiento de muchas personas a las que no conoce y puede ayudar de diversas maneras, incluso con su donación personal. Hay múltiples caminos para servir a nuestros hermanos, sean quienes sean, por amor a Dios Padre, padre de todos, sin distinción.

 

El servicio desinteresado y entregado a los demás, nunca se pierde, Dios siempre lo tiene en cuenta, es fruto del fuego del amor que abrasa con nuestra entrega. No somos conscientes del bien que supone este "servir" para otros y para nosotros mismos, lo sabremos en la otra vida. Allí, quizás se nos acerque alguien y nos diga "aquel detalle que has tenido conmigo, aquellas palabras..., han cambiado mi vida, ¡gracias!".

 

Se palpa el cielo cuando vives situaciones de servicio total a los que tienes a tu alrededor, cuentan contigo, les sirves de apoyo para todo, y ellos te necesitan; tu te desvives, les das cariño, ternura..., lo ves en personas que así viven, y te sientes atraído y arrastrado a corresponderles, a dar amor, a olvidarte de mundanidades y entregarte más a Dios en el amor a los demás. Para estas personas, el cielo comienza aquí, porque en esta vida todo son actos de culto a Dios que se encarna en nuestros hermanos, lo demás es nada.

 

A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). El cielo esta lleno de personas que aman mucho y tuvieron una vida terrenal con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Nunca se creyeron santos -santos son todos los que tienen la dicha de alcanzar la gloria del cielo-, todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y éxitos. Quizás lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor: "Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré " (Mt 11, 28). Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario, a pedirle ayuda por esta persona, este familiar, este hijo...

 

 

Señor, que aprenda que "amar es darse".

 

Que así como Tú me colmas de "dones", sepa ser yo un "don" para otros.

 

Que aprenda a ser tierno y cariñoso contigo y con mis hermanos los hombres y mujeres que has puesto a mi lado.

 

Que nunca se me olvide:

la vida terrenal es un anticipo del Reino de los Cielos, y allí la única jerarquía será la del amor

 

 

Si de verdad comprendiera en mi interior que la vida es un servicio, liberaría mi mente de muchas mezquindades impropias de una persona que quiere amar a Jesucristo. Mi alma volaría ligera, mi semblante adoptaría otro aspecto más alegre, mis prejuicios desaparecerían; en fin, llegaría a ver en cada persona un alma llamada al amor de Dios…, y…, quien sabe si mi sonrisa pueda ser un impulso en su caminar.