70 - VIDA CRISTIANA COHERENTE

 

 

El Papa Juan Pablo II nos exhortaba insistentemente a recristianizar Europa, y Benedicto XVI nos alerta de la progresiva pérdida de valores espirituales y humanos debido al constante avance del materialismo. Ante esta situación, los cristianos necesitamos más que nunca ser coherentes con nuestra fe, con nuestras convicciones, dando testimonio de Cristo en la forma de vivir, a contracorriente, de ver la vida sin cobardías ni complejos, participando activamente en el entorno social que nos ha tocado, aunque tengamos que superar hostilidades. De esta manera, influiremos para bien, pues la gente anda confundida y sedienta de conocer la Verdad.

 

La política busca el bien común, el bien de todos y de cada uno, es una forma de caridad, caridad social, amor a los demás, a todos, sea quien sea; pero cuando pierde este sentido que le da la Doctrina Social de la Iglesia, pierde el justo uso de los bienes creados y puestos por Dios a disposición del hombre como administrador de estos bienes. Ahí tenemos que estar nosotros, para, con nuestro influjo, enderezar en lo posible el rumbo desviado de políticas injustas. Los cristianos no podemos ser ciudadanos de segunda fila.

 

Tenemos que prepararnos para afrontar estos retos, así, nuestras pequeñas obras: una palabra de aliento a un amigo, una genuflexión reverente ante el Sagrario, el rechazo de una distracción en la oración, una "mirada" a una imagen de la Virgen, un vencimiento en el trabajo evitando la pereza... crean los buenos hábitos, las virtudes, que hacen progresar la vida del alma y la conservan, son como las gotas de agua que sumadas unas con otras fecundan la tierra sedienta.

 

Si somos fieles y constantes en estos pequeños actos, si actualizamos muchas veces el deseo de agradar al Señor, cuando llegue algo más importante que ofrecer -una enfermedad costosa de llevar, un fracaso profesional, un enfrentarse ante las injusticias, mantener un criterio moral contra corriente, una ayuda desinteresada y solidaria a un hermano en apuros....- entonces también sabremos sacar fruto de eso que el Señor ha querido o permitido. Se cumplirán así las palabras de Jesús: "El que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho". Nuestra fe, de esta manera, se hace vida en nosotros, vida atractiva para otros; nuestra fe contagiará y llevará a Dios, será firme y se apoyará en ella la fe de otros muchos.

 

Hay que convertir en frutos las semillas que Dios nos da y que están en nosotros, pues es la nuestra una época en la que Cristo necesita hombres y mujeres que sepan estar junto a la Cruz, fuertes, audaces, sencillos, trabajadores, sin respetos humanos a la hora de hacer el bien, alegres, que tengan como fundamento de sus vidas la oración, un trato lleno de amistad con Jesucristo. Algunas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en una actitud cordial, siendo leales, sinceros, buenos profesionales, recios, valientes, expertos en humanidad y al mismo tiempo, contemplativos..., fruto de nuestro amor a Dios.

 

Pero debemos contar con las incomprensiones, señal cierta de predilección divina y de que seguimos los pasos del Señor, pues “no es el discípulo más que el Maestro”. Las encrucijadas de la vida de cada persona, son llamadas de Dios a enfrentarse con la "verdad", son ocasiones para anunciar el Espíritu al que pertenecemos los cristianos, con obras y con la palabra. "No se puede ocultar.... para que brille así vuestra luz delante de los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos".

 

Nosotros, con nuestros errores y torpezas, -pues lo mundano nos absorbe y nos resta eficacia- sembramos las semillas en la confianza de que "es el Señor quien las hace fructificar". “Veo amanecer -señala el Papa Juan Pablo II- una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo”. "La mies es mucha y los operarios pocos"  y hay mieses que se pierden cada día porque no hay quien las recoja.

 

El gran obstáculo para que muchos acepten la fe, la vocación o una vida cristiana coherente son los pecados personales no remitidos, los afectos desordenados y las faltas de correspondencia a la gracia. "El hombre, llevado de sus prejuicios, o instigado por sus pasiones y mala voluntad, no sólo puede negar la evidencia, que tiene delante, de los signos externos, sino resistir y rechazar también las superiores inspiraciones que Dios infunde en su alma" (San Teofilo de Antioquia). El sacramento de la Confesión sincera y contrita, bien preparada, se presenta así como el gran medio para encontrar el camino de la fe, la claridad interior necesaria para ver lo que Dios pide y llevar una vida coherente.