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"Antes me dejo engañar que desconfiar de una persona", recuerdo que me decía mi padre, yo lo tomaba muy en serio. Hoy muchos se reirían de el, pero estoy convencido que cuando confías en alguien, las barreras se derrumban, el corazón se vuelve humano. |
119 - LA CONFIANZA QUE NECESITAMOS | |
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En un mundo soberbio e hipócrita donde nadie confía en nadie, solo en si mismo, referencia absoluta de todas las cosas, la honestidad suena a utopía, la caridad a locura, la fe es una flaqueza humana de gente cobarde, ¿y la verdad? ¡no me hagas perder el tiempo!, te contestan... Vivimos en un relativismo absurdo, nos enloquecen las cosas que el mundo ofrece y renunciamos a usar nuestra inteligencia en la búsqueda de lo que realmente interesa, de lo trascendente, no de lo que hoy es y mañana se esfuma. En medio de este ambiente egocéntrico, superficial y maniqueo, pensar en la confianza mutua cuando ¡solo me fío de mi mismo!, parece un desatino; a lo sumo ¡puedo fiarme de alguien, con un alto riesgo para mi, pero confiar, nunca! Sin embargo, no todo es así: "Antes me dejo engañar que desconfiar de una persona", recuerdo que me decía mi padre, yo lo tomaba muy en serio. Hoy muchos se reirían de el, pero estoy convencido que cuando confías en alguien, las barreras se derrumban, el corazón se vuelve humano. No somos seres aislados que funcionan por interés propio, por suerte nos necesitamos unos a otros y nos hacemos imagen del Creador cuando nos damos a los demás sin esperar nada a cambio. Pero confiar es algo mutuo, es la base de las relaciones humanas, de la educación de los hijos, de las relaciones de pareja, de las relaciones profesionales..., en fin, de la amistad noble y... confiada. Dios depositó su confianza en la Virgen Maria y se hizo la Redención, Jesús confía en sus discípulos y se extiende el Reino de Dios… Es una de las virtudes más noblemente humanas. Cualquier ruptura comienza con la pérdida de confianza en el otro. No tiene sentido pensar que el amor es traicionero, que no confío en mi jefe, en mis empleados, en mis hijos... seria un mundo loco. Se rompe todo sentido de la educación, de la relación, de la ayuda mutua desinteresada... Todos vamos hacia un mismo destino y, unidos en la confianza, llegaremos con toda seguridad a ese destino. El individualismo solo genera orgullo egoísta, ¡sálvese quien pueda!, permisivismo indiferente ¡solo me importo yo!, relativismo absurdamente egocéntrico, y en definitiva, nos hace adoradores de un solo dios: yo mismo. | ||