| 112 - LA FUENTE DE LA VIDA | ||
Debo ir a las fuentes, a la verdad de este mundo, limpia, sencilla y sin mancha, no a los abrevaderos donde se mezclan todo tipo de inmundicias. Allí beberemos de la verdadera sabiduría de Dios, sin interpretaciones torcidas ni interesadas, allí sabremos cual es el verdadero Espíritu de Dios que viene a iluminarnos |
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Sigo muy pegado al suelo, mi alma no logra acceder a la fuente de la vida, está confusa, mis alas apenas tienen fuerza, intento ponerme en pie y mirar hacia arriba, es un pequeño logro pero no pasa de ahí, porque yo quisiera volar hacia Dios, alto, alto, como las águilas, hasta perder de vista el pegajoso barro que me ata y acceder a las altas cumbres donde está la “fuente de la vida”. Aguas puras y cristalinas de las que deseo saciarme hasta emborrachar. Seguir su recorrido, montaña abajo sin perder el curso antes de que sean contaminadas por el hombre. Debo ir a las fuentes, a la verdad de este mundo, limpia, sencilla y sin mancha, no a los abrevaderos donde se mezclan todo tipo de inmundicias. Allí beberemos de la verdadera sabiduría de Dios, sin interpretaciones torcidas ni interesadas, allí sabremos cual es el verdadero Espíritu de Dios que viene a iluminarnos. Son aguas que limpian, que sanean, “…esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá…” (Ezequiel, 47-8). Son las fuentes que alimentan mi fe, que calman mi sed de conocimiento de la verdad, las fuentes antiguas y el gran manantial que Jesucristo nos ha abierto dándonos el Espíritu de Dios para iluminar a su Iglesia. Manantial que se extiende con infinitos brazos por toda la tierra, que purifica las aguas contaminadas, pero….también se contamina con ellas. Es la lucha entre el bien y el mal que se mezclan en muchas ocasiones y desorientan a los que buscamos la verdad. Buscamos señales, como postes que colocados en los bordes de una carretera de montaña nos orientan en el camino. Buscamos señales de que Dios esta ahí, buscamos la concordancia, no la esquizofrenia de la hipocresía. Si cogemos una chaqueta por el bolsillo, quedará deforme, si la cogemos por un botón, hasta se le caerán las cosas que lleva en los bolsillos, pero si la cogemos por arriba, por el cuello, tomará su forma natural. Tenemos que detectar a los falsos profetas por la incongruencia de sus palabras y sus hechos, tenemos que buscar la buena doctrina que emana del Espíritu de Dios a través de su Iglesia. Es nuestro camino seguro en medio de tanto confusionismo más o menos interesado; es la fuente de agua cristalina que purifica nuestro corazón, que nos vuelve a la vida y nos mantiene en ella. Muchos ponen como fin lo que Dios creó como medios para alcanzar el fin de nuestras vidas. Muchos se quedan en el camino, atados a banalidades sin importarles el destino del camino que recorren. Quienes no logran ser dueños de si mismos, difícilmente llegarán al final. Quienes no buscan alimento para su fe, se quedarán seducidos por cualquier sucedáneo. Quienes no buscan el Espíritu de Dios, las aguas cristalinas que de Él emanan, porque dicen no verlo por ningún sitio, es que tienen el alma dura y el corazón perdido en otras cosas. Pues, el Espíritu de Dios todo lo llena, está en la esencia de todo, y en nuestro interior con más presencia que nosotros mismos, más íntimo que nuestra propia intimidad. Él habita en nosotros, es espíritu perfecto conocedor de cada una de sus criaturas, y por ellas, sus desvelos son continuos, sus dones abundantísimos y su amor fiel en la entrega y el respeto a la libertad personal, para lo bueno y para lo malo. Nos quiere así. Él es la Vida. Busquemos sus fuentes. Están a nuestro alcance. | ||