103 - NOS APREMIA EL AMOR DE JESÚS

 

 

  

           "Las tres concupiscencias son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas" (San Josemaría). Estas fuerzas han alcanzado un desarrollo sin precedentes y una agresividad monstruosa, hasta el punto de que "toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales".

            Ante esta situación no podemos ser pesimistas ni tirar la toalla, tampoco podemos quedarnos inmóviles ni aprobar una actitud de gran parte de la sociedad que sabemos abocada al abismo. “Nos apremia el amor de Cristo...”, dice San Pablo. La caridad, la extrema necesidad de tantas criaturas, es lo que nos urge a una incansable labor apostólica en todos los ambientes, cada uno en el suyo, con nuestro ejemplo intachable, con nuestro aliento y estímulo, aunque encontremos incomprensiones y malentendidos de personas que no quieren o no pueden entender.

            Somos vapuleados, leemos y escuchamos auténticas barbaridades y falsedades sobre la Iglesia y nuestra fe. Sin embargo nuestra crítica tiene que ser profundamente humana, sin herir, conservando la amistad de quienes nos son contrarios, llena de respeto y de comprensión, aunque no seamos respetados ni comprendidos. El cristiano, no juzga lo que no conoce a fondo, y cuando emite un juicio sabe que debe estar fundado en la verdad objetiva, en el lugar y tiempo correcto.

            "Caminad con alegría y seguridad en el nombre del Señor. ¡Sin pesimismos! Si surgen dificultades, más abundante llega la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio pongan a la labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom. 5, 20)" (San Josemaría).

            Purificar la intención, fortalecer nuestra fe, estar más pendientes del Maestro. Nuestra actitud ha de ser la de perdonar siempre y permanecer serenos, sin perder la paz interior, pues está el Señor en cada uno de nosotros.

            "Cristiano, en tu nave duerme Cristo -nos recuerda San Agustín-, despiértale, que Él increpará a la tempestad y se hará la calma".

            Todo cuanto ocurre, aunque parezca terrible y fruto del mal que se ha desatado, son pruebas que Dios permite para nuestro provecho y el bien de las almas. Por eso, basta estar junto a Jesús para sentirnos seguros. La inquietud, el temor y la cobardía nacen cuando se debilita nuestra oración, nuestra fe y confianza. Él sabe bien todo lo que nos pasa. Y si es necesario, increpará a los vientos y al mar, y se hará una gran bonanza, nos inundará con su paz. Y también nosotros quedaremos maravillados como los Apóstoles.

            No quiero ser recurrente ni cansino, pero los que luchan contra Dios apoyándose en intereses de los hombres ¿a quien van a acudir cuando se vean impotentes?, ¿con quien podrán contar? El que está inmerso en el mundo de tal forma que no ve mas allá, se le hace imposible vislumbrar a Dios, y mucho menos su amor a las criaturas, tiene el corazón recubierto de una costra que se lo impide, se ha vuelto escéptico; pero no se da cuenta que Dios siempre espera al "hijo prodigo".

            Milagros veremos si tenemos fe en alguien más que en nosotros mismos, en alguien capaz de calmar las tempestades de nuestra alma.