68 - AMOR LIBRE
El amor es más que compartir una misma cosa, es donar de lo propio, donarse a sí mismo, es complementarse en la ayuda y en el respeto a la personalidad peculiar de cada uno; donación enriquecedora para el otro, plenitud de vida para ambos. Un árbol no debe dar sombra a otro, los dos dan sombra y reciben el mismo sol de vida, los dos crecen siendo uno roble y otro castaño.
Del mismo modo, el amor no hace dependientes uno de otro, mantiene independientes a ambos, pero enriquecidos con la donación de los enamorados, enriquecimiento personal, de cada uno en la entrega al ser querido, que no coarta, no limita, se basa en la confianza, en el apoyo mutuo, en dar sin esperar recibir pues el enamorado es feliz solo con ver feliz a su amor.
Se vive en y para el ser amado, como si ambas personas, sin perder su propia libertad individual para amar, fueran una única persona, pues el que ama es libre, es libre para amar, pues no hay amor sin libertad, y se ama más cuando se ama libremente, queriendo con todas las potencias del alma ser…el ser amado, identificarse con él.
El enamorado no pide amor, le es dado. El enamorado convierte sus actos en amor, que se da, que todo lo trasciende, que todo lo supedita al acto de amar.
El amor es dulce, comprensivo, siempre disculpa, siempre perdona, pone la otra mejilla, reprende con paciencia y ternura al que está en un error, no agriamente y con una dureza falta de caridad. El amor ama todo el ser del amado, ama sus defectos y le ayuda a suavizarlos, pero sin ellos..., no seria su amado.
El amor es confiado aunque sufra el engaño
pues peor mal es la desconfianza que el desengaño
más bien hace al alma el perdón que el temor al engaño
y mucho más ser perdonado.
El enamorado cobija bajo su sombra el fruto del amor que es la paz, la fecundidad, la armonía, la fe en la vida, el cariño a nuestros semejantes, la esperanza en Dios, esperanza en otra vida con Dios, con todos los seres queridos en un continuo -eterno- darse uno a los demás.
El amor transciende a los enamorados, se vuelca en los demás, en el mundo necesitado de amor, en la vida social, en la política, en la cultura, en… los desfavorecidos, en los enfermos, pobres, sin techo, sin trabajo, en los que sufren, en los que no conocen el amor, ni el consuelo, ni la paz… en los que no conocen a Dios, fuente de Amor verdadero y eterno. Fue con amor como se abrieron paso los primeros cristianos en aquel mundo pagano y corrompido. De igual manera, solo con amor venceremos al mal en este mundo: el materialismo, el relativismo, la corrupción…, no hay otra arma. Por eso no se concibe un amor limitado o con condiciones, pues el manantial mana constantemente y hace rebosar todos los corazones: El amor no tiene límites, la capacidad de amar es infinita.
El amor es la esencia de la creación, un don que ha sobrevivido al pecado original, un don que Dios ha conservado en el hombre apiadándose de nosotros para dejarnos abierta la puerta de la esperanza a la reconciliación en Jesucristo. Por eso, el amor es un rasgo divino en el ser humano, es la más sublime imagen de Dios en nosotros, el lazo de unión de lo humano con lo divino, un espejo al que debemos mirarnos para contemplar ese reflejo de la perfección de Dios, un trozo de cielo en nuestros corazones.
Dios no quiere nuestras cosas, es el dueño absoluto y toda la creación es suya. Lo único que no es suyo -porque depende de nuestra libertad de dárselo o negárselo- es nuestro amor, nuestro corazón. Por eso el Señor nos pide amor, que le correspondamos en su amor sin límites, quiere ser amado -como nosotros-, no quiere dejar de ser amado -como nosotros-, le duele el desamor de los que le han amado -como a nosotros, que tenemos miedo a dejar de ser amados por quienes nos aman-.
Hay personas que han tenido un autentico "flechazo" en el amor a Dios. Les ha cautivado, pero con el tiempo se enfrían. Dios en el Apocalipsis echa en cara a la iglesia de Efeso "...debo reprocharte que has dejado enfriar el primer amor...". Otros sienten en un principio, tímidamente que Dios les empieza a cautivar, y poco a poco va creciendo ese sentimiento a la par que se introducen en la oración y en la búsqueda del conocimiento de Dios, en el roce con Dios, porque no se puede amar a quien no se conoce.
Son caminos diferentes, pero en ambos casos debemos llegar al final del camino con Jesús muy metido en nuestro corazón ya que “al final de nuestros días, nos examinarán del Amor”, pues seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él.
¿Qué ocurre cuando nuestro Amor es nuestro juez, que nos juzgará de… eso, del Amor?
Nosotros, sin necesidad de maletas, emprendemos ese último viaje, acudiendo a la llamada amorosa del Creador, dueño de nuestra vida y nuestro destino. Un viaje hacia el reencuentro con nuestros seres queridos, hacia la caridad perfecta en Dios al que veremos cara a cara. Llevaremos impreso en el alma el único equipaje necesario: frutos sabrosos -solo cuentan los sabrosos- de nuestro paso por la vida terrenal, de nuestro amor, y la mejor joya para mi Dios: un corazón enamorado de un Dios hasta entonces escondido.
En el Cielo todo nos parecerá enteramente joven y nuevo. Y esta novedad será tan impresionante que “el viejo universo habrá desaparecido como un volumen enrollado” (Apocalipsis) y, sin embargo, el Cielo no será extraño a los ojos de un corazón enamorado. Será la morada que aun el corazón más depravado –que nunca llegará a conocerlo- siempre anheló en el fondo de su ser.
La muerte, para un enamorado, es la puerta de su verdadero hogar, “un gran Amor le espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago te saciará sin saciar" (San Josemaría).
Cada hombre, cada mujer, conserva su propia individualidad, sus facultades intelectuales, su libertad de amar apasionadamente por toda la eternidad.