67 - LO QUE ES JUSTO

 

 

No espero premios ni compensaciones en esta vida si algo de eso merezco, ni deseo hacer justicia o que se me haga. Dios recompensará a los justos y hará justicia a todos. "No deseo las coronas ni la justicia humana, sino las de Dios".

 

No deseo alabanzas humanas, ni reparaciones a las afrentas recibidas en esta vida. He perdonado a todos los que me han podido ofender, al igual que Dios a todos perdonó y redimió, sin distinción entre buenos y malos. De igual manera, pido perdón a todos los que haya podido ofender o herir con mi actitud. No quiero perder la paz por sentirme culpable de algo que Dios me ha perdonado, o por sentirme agraviado o injustamente tratado, tengo que sufrirlo con humildad y alegría sabiendo que Dios no deja nada sin su justo premio o castigo, pues las pruebas que nos envía en esta vida, si las superamos, son las joyas de nuestra corona en la otra vida. Tengo que actuar siempre cara a Dios y no cara a los hombres. Si así hago, no existiría en mí la tristeza, ni el ridículo que hacen los que se buscan a sí mismos. ¡Que se haga Tú voluntad por encima de todo, Señor, y que yo no sea un obstáculo para ello!

 

Estimo la sabiduría divina más que cualquier otro bien: “Supliqué y se me concedió un espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro. Nada vale en comparación con el conocimiento de Dios, que nos hace participar de su intimidad y da sentido a la vida: la preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Es más: Con ella me llegaron todos los bienes. En sus manos encontré riquezas incontables”. (Sab 7, 7-11)

 

El Verbo de Dios encarnado, Jesucristo, es la Sabiduría infinita, escondida en el seno del Padre desde la eternidad y asequible ahora a los hombres que están dispuestos a abrir su corazón con humildad y sencillez. Tener a Cristo es poseerlo todo, pues con Él nos llegan todos los bienes. Por eso cometemos la mayor necedad, la mayor injusticia, cuando preferimos honores, riquezas, salud..., a Cristo mismo que nos visita. Nada vale la pena sin el Maestro.

 

 

Señor, gracias por haber venido.

Hubieras podido salvarnos sin venir.

Bastaba, en definitiva, que hubieras querido salvarnos.

No hubiera sido necesaria la Encarnación.

Pero has querido situar entre nosotros el ejemplo completo de toda perfección,

porque desde que has venido no existe otra perfección.

 

Gracias porque puedo mirarte y alimentar mi vida en ti

 

 

¡Cómo desearía contemplar tu mirada cuando le dices a Simón: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas”! Mirada unas veces imperiosa y entrañable, o de pena y de tristeza al ver la incredulidad de los fariseos, de compasión ante el hijo muerto de la viuda de Naín; en otras ocasiones, con tu mirada invitas a dejarlo todo y a seguirte, como en el caso de Mateo; mirada que conmoverá el corazón de Zaqueo, llevándolo a la conversión, que se enternecerá ante la fe y la grandeza de alma de la viuda pobre que dio todo lo que tenía.

 

Tu mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al mismo tiempo la contrición. Así has mirado a la mujer adúltera, y al mismo Pedro, llevándole a llorar amargamente su cobardía. Has mirado con un gran aprecio a este joven que se te acercaba, y conociendo la limpieza de su corazón y el fondo de generosidad y de entrega que existe en cada hombre, en cada mujer, fijando en él tu mirada, le amaste con un amor de predilección, y le invitaste a seguirte dejando a un lado todo lo que poseía: "Sígueme. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor!”. Es la invitación que quizá nosotros hemos recibido... ¡y te hemos seguido!..., torpemente.

 

"Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad” (Juan Pablo II). Este amor eterno de elección divina nos acompaña durante toda la vida como la mirada de amor de Cristo; y con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota….

 

“...Ven y sígueme”. ¡Cómo estarían todos esperando la respuesta del joven! Esta invitación llevaba consigo imitar su modo de vida. Para la mayoría de nosotros, esta invitación de Jesús es permanecer allí donde Él nos encontró, en medio del mundo, y hacer nuestra su vida y su doctrina, comunicarnos con Él mediante la oración, tenerle presente en el trabajo, en el descanso, en las alegrías y en las penas..., darlo a conocer con el testimonio alegre de una vida corriente y con la palabra. Buscarle, encontrarle, tratarle, amarle.

 

Es de justicia buscar al Creador, una vez perdida la ceguera de nuestra alma. Es de justicia amar a Jesús si le encontramos e intuimos su amor infinito y nuestra nada. Es de bien nacido ser agradecido, y qué mejor agradecimiento a Dios que la correspondencia a su amor sin límite. Tenemos que ser justos también con los que están a nuestro lado, y salir en defensa de quienes no pueden hacer valer sus derechos a conocer a Dios; no sirven las lamentaciones estériles. Amando la justicia, no permitiremos que se pisoteen derechos inalienables de los hombres: ¡El primero es el derecho a conocer y amar a Dios!