66 - UNA SENDA PARA CAMINANTES

 

 

Estar preparado.

 

El sol y la luna obedecen al Creador, los ángeles del cielo también le obedecen. ¿No vamos a servirle igualmente nosotros ofreciéndole nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra vida? Somos como el pincel en las manos del artista, que es Dios, "siervos inútiles"  y cualquier cosa buena que de nosotros salga, Dios es el autor. Solo nos pide docilidad: la del barro que da la vista a un ciego, la vara que hace brotar agua en el desierto... es Jesús quien se luce... y bienaventurados nosotros si somos buenos instrumentos en sus manos. ¿Qué haría el barro por sí mismo...? sólo manchar. ¿Qué haría el pincel sin una mano maestra?, nada, a lo sumo, emborronar.

 

Nuestro modelo es María, la "esclava del Señor", obediente en todo, a la que llamarían bienaventurada y "Reina del Cielo". Estaba dispuesta para seguir el camino que Dios le habría de pedir.

 

Estar preparado para iniciar la marcha. Esa es y debe ser siempre mi actitud. Pero, ¿cuándo?, ¿hacia donde?; solo Dios sabe cuando será y hacia donde. Yo se que en ese momento no debe encontrarme desprevenido, despistado, ocupado en cosas vanas. No debe ocurrirme como a las vírgenes imprudentes del evangelio, más bien, debo estar como el siervo que aguarda a su dueño, velando día y noche para servirle en cuanto llegue. Su dueño le premiará y entonces hallará él su descanso.

 

Donde me quieras llevar,

Señor,

allí iré,

no me importa como,

ni cuando,

ni en qué circunstancias.

 

No me preocupa dejar aquí muchos asuntos por acabar,

dejar muchas comodidades y placeres…, para siempre:

“dejaré las redes y te seguiré donde tú vayas”.

 

Ese es mi deseo,

que cuando Tú vengas,

Señor,

y me digas ¡vamos!,

yo en ese momento me levante,

deje lo que esté haciendo

y te siga donde me lleves,

con decisión y paso firme.

 

Mi afán es servirte allí donde Tú me indiques,

y estar preparado para ello,

ligero de equipaje,

la mente despierta

y dispuesto a caminar por tus sendas;

sendas de apostolado,

de fraternidad,

de entrega,

de amor,

de eternidad...

 

 

 

Nuestro Camino.

 

Soy caminante. Se puede recorrer el mundo por muy diversos caminos, mas solo uno lleva a la Vida eterna, a la perfecta unión con Dios después de esta vida, es el camino que Jesús nos enseña, el que nos pide, el que escuchamos en nuestro interior.

 

A unos les llama Dios de misioneros en otro país, a otros en la entrega y ayuda a un familiar enfermo, a otros en la educación responsable de sus hijos, a otros en el dolor de una enfermedad, a otros en el paso a la Vida definitiva... Infinitos caminos que recorremos por Dios y para Dios. ¿Y si nos pide algo que no nos gusta? Sólo el humilde acepta gustosamente otro criterio distinto del suyo -el de Dios-, al que conforma sus actos.

 

Existen otros muchos caminos que nos llevan a otros sitios, donde puede que no esté Dios. Caminos que elegimos usando de nuestra libertad, guiados tal vez por nuestros instintos, por las seducciones de este mundo, por nuestra comodidad, por la búsqueda del placer, por mil motivos, pero no son "El Camino", el que Dios autor de la vida imprimió en la naturaleza, el que eligió para cada uno de nosotros, que nos lleva al fin para el que hemos sido creados, y forma parte intrínseca de nuestro ser destinado a la felicidad eterna en Dios.

 

 

Te acomodas, Señor, a nuestra marcha,

porque eres el Amigo fiel.

Pero nos pides no mirar atrás una vez puestas las manos en el arado,

posiblemente nos saldrían los surcos torcidos

porque no ponemos el corazón en el camino iniciado contigo.

 

Es nuestro camino,

pero en tu compañía lo andaremos mucho mejor,

con perfección,

con eficacia apostólica,

con entrega desinteresada,

con motivación,

sin importarnos las dificultades,

centrados en la tarea.

 

¿Que es descabellado?, Tú vas con nosotros.

¿Los resultados?, Tú te ocupas de eso.

 

 

 

Merece la pena seguir adelante.

 

La senda no es fácil de recorrer, pero merece la pena perseverar en el empeño, aunque caigamos mil veces, aunque otras mil ofendamos al Señor, nos levantaremos siempre, con espíritu renovado, con impulso para luchar en aquello que ha sido la causa de nuestra caída. No es fácil perseverar en la vida interior, en nuestro vivir con el Señor, pues como es sabido, toda convivencia es difícil, tiene sus momentos dulces y otros áridos que nos cuestan especialmente.

 

El vivir por y para Dios, tiene características parecidas a la convivencia humana. Requiere renuncias, esfuerzo continuo minuto a minuto, dedicación, pues Dios es celoso y quiere nuestro afecto, y sobre todo humildad para reconocernos criaturas que nos hundimos en el barro a nada que Dios nos deje de su mano. Es una convivencia desigual de un Dios infinitamente poderoso, enamorado de cada uno de nosotros y de unos pobres humanos que no sabemos corresponder a ese amor.

 

Solo las pequeñas ataduras que nos unen a este mundo nos impiden caminar con soltura, volar con Dios hacia un mundo maravilloso. Es igual que un ave esté atada con un hilo fino que grueso, ¡no podrá volar!, y mientras no lo rompa seguirá sin volar. Por eso, no importa lo sutil de las ataduras, importa que nos impidan caminar, volar. No importan las caídas estrepitosas que Dios perdona si arrepentidos volvemos a Él, y ya liberados retomamos el vuelo,  importan los pequeños apegos mundanos de los que no nos arrepentimos por parecernos insignificantes, pero nos impiden seguir por nuestra senda, nos impiden volar. 

 

 

El final del Camino.

 

Nadie ha venido de la otra vida a contarnos como es ese mundo, al final del Camino. Solamente el mismo Dios, Jesucristo, nos ha hablado de la morada que Dios Padre tiene preparada para los que le aman, y nos ha mostrado el Camino para llegar a ella. Somos hijos de Dios, y como tales, herederos del Reino, pero esta herencia la recibirán los que le aman, los que le siguen, guardando sus mandamientos, que se resumen en amarnos unos a otros como Él nos amó.

 

No recibirán esa herencia los que siguen otro camino distinto del amor a Dios y la entrega a los demás por Dios. Los hombres hemos buscado caminos a nuestra medida, que satisfacen nuestras apetencias, con infinitas razones que nos justifican ante los demás pero no ante Dios, del que prescindimos por considerarle un estorbo. No nos engañemos, esos caminos no llevan a la Vida, solo uno, y si lo despreciamos, perderemos el tren que puede que no vuelva a pasar para nosotros.

 

Nos moriremos luchando, unas veces venciendo y otras derrotados, pero siempre asidos a nuestro Dios, y “como se vive se muere, como se muere se queda uno para siempre”, según un dicho popular, pues acaba el tiempo de merecer en esta vida.

 

La muerte como tal solo existe para el alma, si el pecado ha matado su vida divina. La muerte del cuerpo es una circunstancia natural, como un sueño del que despierta en Dios, como una muda de crisálida a una nueva realidad aunque esperada,  sorprendente, superando todos los anhelos, que serán colmados en Dios.

 

La muerte no es una extraña, es una compañera inseparable del hombre. Llegará en el mejor momento, no a traición, en ese momento del alma que despojada de placeres mundanos, saborea el Amor de Dios, y da el paso a la vida eterna que se abre ante nuestros ojos. Mudamos el cuerpo, vuela el alma.

 

Nuestro caminar por la tierra tiene su final y un segundo después de la muerte sabremos ese final, con claridad absoluta, y comprenderemos el sentido de la vida y nuestro destino eterno según el acierto en el camino aquí elegido: el Amor de Dios para siempre o la ausencia de Dios en nuestra eternidad, que seria un dramático final de nuestro paso por la tierra. Nosotros mismos seremos nuestros jueces, juzgaremos si somos dignos de ese Amor.

 

Si esa vida divina que habita en nuestra alma ha sido borrada por el pecado, Dios no está, pero si hemos mantenido la esperanza en nuestra alma, Dios estará, aunque sea en un rinconcito, y nos ayudará a purificar el alma para llegar a su Gloria revestidos del Amor verdadero.