65 - ¿QUIÉN NOS ROBA “NUESTRO PAN DE CADA DÍA”?

 

 

¡Danos hoy nuestro pan de cada día!, pedimos a Dios en el Padre Nuestro. Es el sustento del alma -la eucaristía-, el sustento del cuerpo -la naturaleza nos lo da como fruto de nuestro trabajo-. No necesitamos mucho, solo alimento diario para el espíritu y alimento diario para el cuerpo.

 

Dios nos lo da gratuitamente. Pero el hombre a veces redistribuye injustamente lo que gratuitamente hemos recibimos cada uno. Acapara estos bienes, y crea una sociedad que no permite a muchos llegas a obtener ni el mínimo alimento necesario ni el cobijo diario que Dios les dona. Se nos roban basándose en criterios de pensamiento único y economicista, consecuencia de un liberalismo y un relativismo moral inhumanos. Más de mil millones de personas en el mundo viven en la pobreza, cuando hay suficiente producción, trabajo, alimentos y bienes para todos; con ello se pisotea nuestra dignidad, se desprecian nuestros valores, y en definitiva se nos priva de lo necesario para existir como personas.

 

El liberalismo no nos libera, más bien, nos oprime; no busca el bien de todos, sino el de unos pocos a costa de otros. Competir en vez de compartir, es otra "lucha de clases", más insidiosa que la anterior, puesto que nos vende libertad enmascarada en materialismo y consumismo, nos hace adictos y después nos vende la droga, con el único fin de engrosar los bolsillos de mafiosos, corruptos, ávidos de poder, de gloria y dominio, que todo lo controlan y someten, poseedores de los bienes materiales de este mundo -los espirituales son usados hipócritamente para sus fines-, que reparten a su antojo, a los de su cuerda, solo migajas, porque a los demás ni siquiera eso.

 

El mal ha penetrado en muchos corazones, porque encontró en ellos un lugar donde anidar, una complicidad. Si en estos corazones habitaba el mismo Dios, fue arrojado de allí, Dios no interesa. También puede ocurrir que el sufrimiento les haya vuelto agrios o malos, porque su corazón estaba vacío: vacío de fe, de esperanza y de amor.

 

Muchos desheredados de este mundo no tienen opción, solo la de malvivir, eso si, malvivir de muchas maneras diferentes. Un político italiano explicaba esta realidad con una fábula muy expresiva:

 

"Un cocinero había reunido a todos los componentes de los menús de ese día: patos, conejos, pollos, faisanes, langostas, etc. Les daba a elegir en aras de la libertad, ¡en que salsa querían ser cocinados! Todos quedaron pensativos. Al rato se escuchó la voz de una tímida gallina que decía desde un rincón:

¡... pe…pero...es que nosotros...no queremos ser cocinados...! 

¡Imposible, eso no está permitido, va contra las leyes, contestadme a lo que os he preguntado!, les respondió; y se quedaron los pobres bichos sin posibilidad de replica".

 

Quizás sea un poco exagerada esta fábula, pero a base de ser pisoteados una y otra vez los valores éticos y morales, llegamos a extremos dramáticos para muchos. Y no tienen fácil arreglo.

 

Dicen que el cambio climático va a ser un cataclismo, en África, India y China: desertificación, hambruna, poblaciones huyendo en masa, marginación, muerte. Se escucha que también crece la amenaza global del terrorismo, que aumentan las desigualdades económicas -más pobreza-, que muchos recursos se agotan, que el mundo se militariza cada vez mas y mas..., y..., ¿donde esta Dios? ¿Va a sufrir Él con nosotros las consecuencias de estas barbaries que hemos creado los humanos? No me cabe duda de que así es. Quisiera evitárselo, pero no se como, porque..., ya sufrió demasiado por nosotros, y..., Jesús sigue empeñado en permanecer unido a nuestro destino, ahora y siempre.    

 

La fuerza moral de unos pocos, empujará al mundo hacia una salida acorde con la dignidad humana. Muchos la buscan, la inmensa mayoría la desean, hay que romper las barreras del materialismo atroz que todo lo dificulta porque no entiende de otras cosas que no sean dinero, eficacia, rentabilidad, competitividad..., y sustituirlo por justicia, equidad, fraternidad, humanismo, confianza en Dios..., de personas con cuerpo y alma espiritual, creadas para la paz, para la ayuda mutua desinteresada, para el amor.

 

Pero este mal que nos rodea -nos dice Jacques Philippe en “La libertad interior”-, afecta en la medida en que lo dejemos penetrar en nuestro corazón. El mal exterior sólo nos hace daño si nos impide reaccionar bien, es decir, si reaccionamos con miedo, con inquietud, con desaliento, con tristeza; bajando los brazos y desasosegándonos en busca de soluciones precipitadas que no arreglan nada; juzgando, alimentando rencores y amargura, negándonos a perdonar. Como dice Jesús en el evangelio de San Marcos, "nada hay fuera del hombre que al entrar en él pueda hacerlo impuro... pero lo que sale del hombre, eso sí que hace impuro al hombre". El mal no procede de las circunstancias externas; procede del modo en que reacciona nuestro interior. ¡Lo que arruina nuestras almas no es lo que ocurre fuera, sino el eco que esto suscita en nosotros! ¡El mal que me hacen otros no procede de ellos, sino de mí! Como dicen los Padres de la Iglesia, "uno sólo es herido por sí mismo".

 

Nadie puede causarnos un mal irreparable, aunque nos despojen de todo, incluso de lo que Dios nos da gratuitamente cada día. Tenemos una gran ayuda, Jesús, que valora esta disposición interior hacia el bien de todos: la fraternidad; y derrama su gracia sobre los que le buscan, a través de sus hermanos los hombres y mujeres necesitados de amor y sustento, y se vuelca en el que sufre, pues Jesús tomó nuestra carne, tomó realmente sobre sí nuestros sufrimientos.

 

En el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo sobre el Juicio Final, Jesús dice: "Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis". Esas palabras nos enseñan que "a la caída de la tarde nos examinarán en el amor" (San Juan de la Cruz), y en especial del amor a nuestros hermanos necesitados. Esta es la realidad, por desgracia para mucho, porque ¡hay de aquellos que no fueran considerados dignos!, pues han malgastado su vida en atesorar para si mismos, y eso no sirve para la Vida.

 

Así, vale más buscar la reforma de nuestro corazón que la del mundo: será más fecundo para todos. El mundo saldrá de estas crisis, con el empuje de personas verdaderamente de fe, con esperanza y amor.