64 - MI ÚNICO APEGO

 

 

Creo en ti, Señor, porque has plantado la semilla de la fe en mi corazón. La he regado, abonado y cuidado para que crezca robusta, se fortalezca y aumente día a día con actos de fe, esperanza y amor, con la oración, con mi entrega a los que más me necesitan..., y…, ha llegado el Amor, del Dios que nunca defrauda, el Amor perfecto…

 

Porque el amor humano casi siempre defrauda, pues somos imperfectos, pero pasamos de un amor del que esperamos demasiado a un amor realista, libre y, por tanto, finalmente dichoso…

 

Pero en ti la dicha se alcanza con solo elevar la mirada, y contemplarte…    

 

Podría haber dejado que se marchitara esta semilla y vivir la vida sin fe que el mundo me ofrece, llena de "placeres, diversiones y entretenimientos", muy interesante culturalmente, intelectualmente..., pero en definitiva, sin ti, verdadero protagonista y autor de este mundo, sin el anfitrión, una vida sin alma que terminaría siendo frustrante…, porque me imposibilitaría para elevar la mirada y…, nunca llegaría a descubrirte, ni a contemplarte.

 

Por eso, he llegado a sentir, a querer que mi único "apego" seas Tú, mi Señor, lo demás no tiene interés, no me atrae, solo el querer de mi Dios. Deseo estar atado a ti, porque Tú y solo Tú me liberas. No quiero otras ataduras que me esclavizan a este mundo y a las cosas mundanas: las arrojaré muy lejos de mí, de mis pensamientos. Mi paz y mi descanso están solo en ti.

 

Si vienen a mi mente sucesos sin resolver, situaciones ya pasadas, hechos que no debieron haber ocurrido, sucesos que me alteran... debo rechazarlos como a una tentación, acudir a mi Señor y a su Madre Santísima y quedarme bien pegado a su lado hasta que esos pensamientos se hayan esfumado, porque quiero ser el que soy, y no el que era.

 

Entonces recobraré toda la energía, la fortaleza, confianza y decisión para seguir a mi Dios, seré yo mismo liberado de todas estas presiones que me atan donde no quiero. Soy para ti, Señor, no para mí y mis caprichos. No quiero ser mío sino tuyo, ser tus brazos para trabajar por ti, ser tus piernas para caminar por ti, ser todo Tú para vivir por ti y por siempre.

 

No quiero ser un mentiroso que dice estas cosas y luego se olvida de ti, quiero hacer tuyos mis momentos del día, todos los momentos, por ti, para ti, hacer las cosas como las harías Tú, con el mismo amor, con el mismo entusiasmo, con la misma seguridad y fuerza de voluntad, con independencia del resultado, solo porque Tú las quieres así y porque quieres, buscas y anhelas mi intimidad, la de todos los hombres y mujeres.

 

Quiero ser consciente de lo que esto supone, que no se quede en ideas muy bonitas sin llevar a la práctica, que de verdad afecten a mi vida entera, a mis ilusiones, a mis esfuerzos, a mis desvelos, a mi actividad en todos los momentos del día. Las pequeñas contrariedades, los pequeños vencimientos, los tropiezos, las cosas que hago por ti aunque me cuesten, las mortificaciones voluntarias..., son mis tesoros de cada día. Con ellos puedo ir sacando brillo a mi identificación con Jesús, mi apego.