61 - EL VERDADERO SENTIDO DE LAS COSAS

 

 

A menudo me quejo..., y nunca hay motivos para ello, porque me encuentro muy bien y aunque sintiera dolores, malestar o depresión, siempre podría encontrarme peor; aun así tampoco habría motivos para quejarme, seguiría estando bien, mejor de lo que podría estar, mejor de lo que otras muchas personas están.

 

Todo es relativo. Dependiendo de mi flojera, podría pasar el día quejándome de todo o, por el contrario, estar optimista, dándole la importancia justa a las cosas, ni más ni menos.

 

Y aquí esta el meollo de la cuestión: ¿cual es la justa medida de las cosas? Yo diría que aquella que no nos quita la paz, ni por ser excesiva ni por ser escasa, que no aumenta nuestras necesidades, nuestras dependencias, mas bien, nos libera de ataduras mundanas, nos acerca más a Dios. Una enfermedad, un mal momento, un sufrimiento..., no dejan de ser ataduras si no les doy su verdadero sentido, su verdadera importancia, ni más ni menos de la que tienen.

 

No me preocupo, Jesús está conmigo, las 24 horas de cada día, siempre, pase lo que pase, aunque yo le falle, y Él es el mejor consejero para ayudarme a ser razonable. Procuro rezarle en momentos difíciles una de mis oraciones favoritas:

 

 

Señor,

me encuentro muy bien,

estoy contigo y eso me basta,

no me preocupa ni me altera nada de lo que pueda ocurrir a mi alrededor,

me bastas Tú,

me basta tu gracia.

 

 

Pero a veces noto una rigidez mental que me impide esta flexibilidad y capacidad necesaria para poner las cosas en su sitio. Es una de mis luchas diarias.

 

¡Señor, estoy cansado y no puedo más!: La mayoría de las veces no es para tanto mi cansancio, ¡sí puedo! Intento relajarme, ofrecérselo al Señor, hacerlo por Él y seguir adelante, pensando que en la vida, lo peor que me podría suceder seria renunciar a esta lucha y poner las cosas en el sitio que a mí me apetece, en el que a mí me conviene, con independencia de acertar o estar equivocado.

 

Si todo fuera de acuerdo con mis deseos, eso supondría el fin del crecimiento interior que se realiza en mí cuando sigo los pasos de Jesús, pasos que me adentran poco a poco en la sabiduría de Dios, infinitamente más bella, más rica y más fecunda que la mía. Cuando sigo mis pasos, solo sé quejarme y protestar, no respiro paz interior, más bien pesimismo y desmoralización. Si, como deseo, sigo los pasos de Dios, me olvido de mí, me transformo en optimista y fuerte ante las adversidades.

 

Es una elección, difícil porque exige renuncia y esfuerzo, pero va directa a la felicidad tan anhelada por el ser humano. Además, la lucha por superar nuestros decaimientos y flojeras es hermosa, estimulante; se consigue algún éxito y ¡que alegría!, ¡que optimismo!, ¡que fuerza para seguir! Terminaremos exclamando agradecidos: ¡Señor, tu siempre haces las cosas bien, aunque me cueste!.