55 - ¿POR QUE IR A MISA?
En la Antigua Alianza, el hombre ofrecía sacrificios en reconocimiento al Creador. Le ofrecía lo mejor, en señal de sumisión y agradecimiento por los dones recibidos.
En la Nueva Alianza, Jesucristo se ofrece Él mismo, aboliendo los antiguos sacrificios, y quiere atraer hacia sí todos nuestros corazones. En la Santa Misa se une el cielo y la tierra, Jesús desciende al altar para renovar la ofrenda, es un misterio en el que Cristo se hace presente en la Sagrada Eucaristía y en la persona del Sacerdote que celebra. La santa Misa es, por tanto, la más perfecta acción de gracias que se puede ofrecer a Dios, la vida entera de Cristo fue una continuada acción de gracias al Padre.
Es el momento más intenso del día, el centro de mi vida espiritual. Jesús cuando baja sobre el altar, no tiene que encontrarse solo, me tiene que encontrar por lo menos a mí, con todas mis acciones, afectos, amores, ilusiones..., en fin, mi ser completo; y a todos nosotros, todos nuestros corazones.
Él vale infinitamente más que todas las ofrendas juntas de la Antigua Alianza; ha querido que sea así y permanecer con nosotros en la Sagrada Eucaristía. No podemos dejarle solo. La gracia de Dios que Cristo nos consiguió con la redención sería mucho más eficaz sobre nosotros, si estamos unidos a los méritos infinitos de Jesucristo.
El "Santo Cura de Ars" comentaba que el alma, al salir de esta vida, verá por fin a Aquel que poseía cada día en la Sagrada Eucaristía, a quien hablaba, con el que se desahogaba cuando ya no podía con sus penas. Ante la vista de Jesús glorioso, el alma poco enamorada, de fe escasa, tendrá que exclamar: ¡Oh Jesús, que pena haberte conocido tan tarde...!, habiéndote tenido tan cerca.
Que la fe en la presencia de Jesús en la Sagrada Eucaristía, supla la flaqueza de nuestros sentidos; una fe firme y llena de amor. No está oculto Jesús. Nosotros le vemos cada día, le recibimos, le amamos, le visitamos... ¡Qué clara y diáfana es su presencia cuando le contemplamos con una mirada limpia, llena de fe! Él nos mira desde el sagrario, y allí se encuentra realmente presente, para permitir que le poseamos, si bien se oculta para que le deseemos. Y hasta que no lleguemos a la patria celestial, Jesús quiere de este modo entregársenos completamente y vivir así unido a nosotros. Se encuentra a gusto entre los hombres y mujeres sencillos, en los lugares más humildes, oculto para las inteligencias humanas pero no para los corazones enamorados.
Cuenta Navarro Valls –antiguo secretario personal de Juan Pablo II- que una noche Su Santidad no había dormido en la habitación, y lo encontró en la capilla privada, encorvado sobre el altar, abrazando el Sagrario. Posteriormente le preguntó por esta actitud, a lo que el Papa respondió: "estaba consolándole a Jesús por el mal trato que le dan muchas personas en el mundo".
Señor Tú te haces presente entre nosotros en la Santa Misa y te quedas en el sagrario mendigando nuestro amor te habrías quedado aun por el amor de un solo hombre te expones a la frialdad de nuestra indiferencia de nuestro desprecio
Quiero imitar al santo anciano Papa y ser yo un loco más contemplando aun sin ver tu humanidad y divinidad escondidas ofreciéndote el calor de mis caricias y de un torpe corazón arrepentido yo te doy mi amor imperfecto tu me susurras al corazón
Nuestro anciano Papa "Cristo viviente" en la tierra por ser Papa, "Cristo sufriente" por la larga, agónica y ejemplar enfermedad que ha padecido, cuando ha llegado a la bienaventuranza del cielo, el abrazo que recibiría del Señor, de Santa María, de..., todos los miles de millones de santos, habrá sido... ¡por poco le asfixian entre todos! -en el cielo todo se puede y nadie se asfixia-. Sería un abrazo de Amor y agradecimiento por haber mantenido ese trozo de cielo en la tierra durante tantos años. Abrazaría también, para siempre, la Humanidad Santísima de Jesús, que aquí no pudo abrazar por escondida.
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