53 - EL DOLOR

 

 

Mi primera esposa, Teresa, murió con 37 años, victima de un cáncer fulminante. En tres meses acabó con su organismo. Los dolores que padecía eran cada vez más difíciles de controlar, pero tanto la enfermedad como el sufrimiento como la muerte, fueron aceptados por ella de forma serena y absolutamente confiada en Dios.

 

En un momento difícil, Mariano, uno de nuestros amigos, se presenta en la habitación de la clínica dispuesto a pedirle un favor muy grande:

 

"Teresa, sé lo mucho que sufres a pesar de las fuertes dosis que te administran contra el dolor, y por eso, y porque estás muy cerca de Dios, quisiera que le pidieras algo muy importante que tengo que solucionar. A ti todo te lo concede".

 

Ella prometió hacer lo que estuviera en sus manos. Esa misma tarde el asunto estaba resuelto. Mariano fue a la clínica a decírselo a Teresa, entusiasmado por la rapidez y eficacia de su oración. Se encontró con una persona aparentemente dormida, pero no era así. Estaba soportando unos dolores indecibles, pues, ofreciéndole a Dios su dolor por esa intención, había rehusado todas las dosis de morfina y otros compuestos calmantes. Cuando se enteró de que había sido escuchada, esbozó  una sonrisa y pidió que le volvieran a suministrar calmantes.

 

Dos semanas después, Teresa fallecería.

 

Había ofrecido a Dios su vida, sus dolores, su sufrimiento; Dios lo había aceptado y estaba en ella. “El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor” afirmó Juan Pablo II.  En Teresa el amor a Dios y la unión con Él, aumentaron progresivamente según avanzaba la enfermedad y con ella los dolores, hasta alcanzar la unión perfecta con Dios el día que se la llevó.

 

 

Cristo está en nosotros, pero especialmente en los que sufren, en los actuales "Cristos" vivientes: pobres, enfermos, hambrientos, minusválidos, los despreciados de este mundo..., que no cargan solamente con sus culpas, cargan también con las nuestras. Por eso tenemos que ayudarles, ser sus Cirineos, y en la medida que nos toque a nosotros, entender que el sufrimiento no es en vano, tiene un valor redentor. Como escribe San Pablo, ayuda a “completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo”.

 

En Isaías 53, se profetizan estos padecimientos "...como cordero llevado al matadero, sin abrir la boca... sin culpa... por nuestros pecados... llevaba nuestros dolores...". Los pecados de toda la humanidad, los cometidos y los por cometer, de todos se hizo acreedor, asumiendo nuestro ser, nuestras flaquezas, nuestros sufrimientos. Nosotros debemos ayudar a Jesús a sobrellevar esta pesada carga, está en nuestras manos acompañarle en el camino del dolor.

 

 Cuentan que sucedió en un campo de exterminio Nazi donde se estaba llevando a cabo una de las múltiples y sistemáticas ejecuciones públicas.
Todos los presos contemplaban aterrorizados la ejecución de varios de los suyos en la horca.
Entre un silencio sobrecogedor se escuchó una voz recriminatoria:

 

¡¡¡y donde está Dios!!!.

 

Al poco, una respuesta  se deja sentir, alguien dice:
"ha muerto en una cruz, lo han vuelto a matar innumerables veces, y ahora lo van a ahorcar ahí, delante de ti y de todos nosotros".

 

El sufrimiento está en nuestras vidas, por eso el que mas daño nos hace es aquel que no se acepta. El mal no es el dolor, es el miedo al dolor, no es el sufrimiento "vivido", sino el "representado" en nuestra imaginación. Huir del dolor a cualquier precio y buscar el placer, trae infelicidad; es rehuir de la vida, porque "el dolor forma parte de nuestra vida":

 

Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Hay que ser realistas y dejar de soñar, de una vez por todas, con una vida sin dolor y sin lucha. Esta la tendremos en el Paraíso, pero no aquí. La vida es buena y bella tal como es, incluso con su parte de dolor. "¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?". "la certeza del cariño la da el sacrificio" (San. Josemaría).

 

Explica San Francisco “...Si no has sufrido de verdad en la vida, ¿cómo vas a apreciar el sufrimiento de Dios por ti?...”. El sufrimiento de Cristo, y todos los inocentes con él, compensan el mal que realizan otros seres libres obstinados en el pecado.

 

El sufrimiento es tan voluntario como el pecado. Si se entiende la Corredención, es más fácil vivir la “expiación”: el sentido purificador y reparador del sufrimiento, tanto pasivo (la adversidad) como activo (la mortificación). Se sufre por amor a Jesús.

 

A veces el sufrimiento nos llega a través de la enfermedad, porque quizá no sabemos apreciar del todo el don de la salud. La enfermedad es una predilección de Dios por el enfermo, al que considera ya maduro para asociarle más estrechamente a su cruz redentora; es un medio del que Dios se vale para purificar nuestras culpas e imperfecciones y para ejercitar y fortalecer las virtudes. La enfermedad, en cualquiera de sus formas, también la psíquica, puede ser la piedra de toque que muestre la solidez del amor al Señor y de la confianza en Él. No es fácil notar como se va deteriorando nuestra salud; darse uno cuenta de dolencias que nunca se van a curar, que nuestro organismo se deteriora. No somos dueños de nuestras reacciones ante situaciones nuevas de deterioro físico. Tenemos que estar muy convencidos de que nuestra aceptación de la voluntad de Dios sobre nosotros es sincera, entregada en sus manos, cueste lo que cueste.

 

“Si un día el dolor llama a tu puerta -aconseja sugestivamente Nini Salvaneschi en su Consolación- no se la cierres ni se la atranques: ábresela de par en par, siéntalo en el sitial del huésped escogido, y sobre todo no grites ni te lamentes, porque tus gritos impedirán oír sus palabras, y el dolor siempre tiene algo que decirnos. El dolor siempre trae consigo un mensaje y una revelación”.

 

El poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer, y con la enfermedad se está aun más limitado. Otros tienen que suplirnos y ejercitar la virtud de la caridad con nosotros. Ellos quieren y pueden. Hay que aceptar la enfermedad como providencia divina para nuestra purificación, si no, la enfermedad nos vence y corremos el riesgo de la desesperación, que es una espiral sin límites: siempre va a más, y nos destruye. Por eso, mientras estamos enfermos podemos crecer más rápidamente en las virtudes, principalmente en las teologales: fe, esperanza y amor, convencidos de que "Dios no permite sufrimientos inútiles".

 

Pero este mundo es insolidario con los que sufren. Yo quisiera poner mi granito de arena haciendo la vida mas agradable a los que tengo a mi lado. ¿Como?: Poniendo siempre buena cara, sonriendo, siendo bálsamo y no espina, sembrador de paz, cariñoso, estimando, disculpando, confiando, siendo apoyo y no carga, preocupándome por sus cosas, dando de lo mío, dándome, queriendo, con caridad cristiana.... Poca cosa son, pero hechas con amor, quizá al final de una vida puedan ser ese pequeño granito de arena. Quiero ser, Señor, tu "Cirineo", sin quejarme. Noto que me dices: "pon toda tu voluntad en lo que haces, y hazlo por mi".