52 - PAZ INTERIOR

 

¿Cual es la verdadera paz? Aquella que no se pierde cuando las circunstancias se complican de forma impensable, y nos permite mantener la serenidad en medio del tumultuoso ajetreo del mundo actual, de las contradicciones diarias, de la actividad estresante, de la vorágine economicista y consumista.... Aquella que no se pierde cuando ofendemos a Dios y nos permite volver contritos a su perdón....

Si Dios ocupa el primer lugar en nuestro vivir

lo demás

a Él está supeditado

y ya puede meter todo el ruido que quiera

que no dejaremos por ello de oír

por encima de todo el estruendo

o sea

en medio de un gran silencio interior

la Voz de Dios

suave y confortable

que nos habla al corazón

que nos susurra al oído ¡locos!

unos porque andan como ovejas descarriadas

sin rumbo

y otros porque están ¡locos! de amor a nuestro Dios.

¡Locos! Porque perdemos la paz cuando nos amargamos la vida por cosas sin importancia. La importancia se la damos nosotros con nuestras supersticiones y empecinamientos, fuera de toda objetividad; nos asaltan temores infundados de hechos ocurridos en nuestro pasado y tememos que se vuelvan a producir: El futuro nos crea inseguridad, que no somos capaces de dominar… En definitiva, nos olvidamos de Dios, y nos vemos solos con nuestras propias fuerzas ante la adversidad, real o imaginaria.

¡Locos! Porque ponemos a Dios por delante de nuestro actuar, le dejamos que sea nuestro guía, nuestro apoyo, nuestra referencia que nos ayude a organizar la mente, a ordenar nuestros valores, pues la paz solo viene de Dios y todo lo que no venga de Él no da paz, da temor, inseguridad, desazón, fanatismo. “Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?” (San Josemaría), por poco tiempo, porque San Josemaría también se volvió loco “de amor a Dios”.

La paz de los enamorados del Todopoderoso es consecuencia de la  humildad, de sentirnos hijos suyos y de la lucha -la guerra- contra los propios desmanes, siempre dispuestos al desorden y el caos, que nos apartan del camino elegido. Si no me conozco a mí mismo, no soy consciente de mis propias miserias y virtudes -que alguna tendré-, me puede dominar el orgullo, y si las cosas no salen como "yo" quiero, me ofusco, parece que todo se me vuelve patas arriba; entonces comienzo a actuar de forma irracional, sin importarme lo más mínimo los demás, pierdo la caridad, actúo por impulsos, sin ninguna referencia..., un desastre de persona, solo consigo que los demás lleguen a odiarme…, y…, pierdo la paz.

Solo se recupera la paz si abiertamente reconocemos nuestros errores, pedimos perdón a las personas ofendidas y a Dios en el Sacramento de la Confesión -se necesita una gran dosis de humildad-, e intentamos iniciar una nueva relación, en paz, en respeto y en armonía, sobretodo con nosotros mismos. Seguro que Dios también nos enviará este momento de reflexión y reconciliación.

Sin paz interior, no se avanza en ningún sentido. La vida se convierte en un infierno. Cuando las circunstancias personales son difíciles, necesitamos paz para sobrellevarlas e ir resolviéndolas, sin prisa, con la seguridad de acertar en nuestras decisiones. Pero como estoy convencido que Dios es mi Padre, ¡¡nada me puede quitar la paz!! Y si en algo le fallo, procuro corregir al momento y reparar el daño causado. Lo cierto es que a veces se me olvida que le tengo a mi lado, y me agobio, y me deprimo, y parece que se me cae el mundo encima, pues las cosas de este mundo toman el lugar de Dios y entonces ¡¡sálvese quien pueda!!.

La medida de nuestra paz interior será la de nuestro abandono, es decir la de nuestro desprendimiento. Pero si entrego todo al Señor, ¿Él me lo va a tomar todo? No, Él me dejará lo que considera que necesito, lo que puedo administrar sin apegarme a ello, viviendo para los demás.

Dios nos pide que estemos dispuestos a prescindir de "todo", lo cual no equivale a que nos vaya a quitar todo, Dios nos da "todo" lo necesario para que no nos falte "nada". La vara de medir de Dios es distinta a la nuestra, Él nos colma de sus bienes -espirituales y materiales-, necesarios para poder vivir nuestra vocación en este mundo, como cristianos corrientes, ciudadanos responsables, padres de familia, etc. En esas circunstancias, nos pide desprendimiento, no tener más de lo necesario, incluso prescindir de ello, si otro lo necesita más que nosotros, y dar ejemplo enseñando así a los demás. La paz interior se da en un corazón libre de ataduras mundanas, todo para Dios, "bienaventurados los limpios de corazón...".

La paz no se logra por ausencia de problemas, ni por estar en un lugar sin ruidos, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados con paz en el alma y paz en nuestro corazón, aceptando aquello que Dios quiere de nosotros para alcanzar la vida eterna, aunque nos cueste, aunque duela, aunque pensemos que es superior a nuestras fuerzas... Sabemos que nuestro corazón sólo puede saciarse de Dios, que está hecho para lo eterno y que las cosas terrenas lo dejarán siempre insatisfecho y triste.

La paz es la sencillez del espíritu, la serenidad de la conciencia, la tranquilidad del alma y el lazo del amor. La paz es el orden, la armonía en cada uno de nosotros, una alegría constante que nace del testimonio de una buena conciencia, la santa alegría de un corazón en el que reina Dios. La paz es el camino de la perfección, o mejor, la perfección se encuentra en la paz. (Padre Pío)

Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a Él las penas, para que dejen de ser penas. (Forja 54)