49 - ESTAR EN FORMA
Los cristianos tenemos que estar siempre preparados, siempre en forma, siempre dispuestos a cumplir lo que Dios nos pida en cada momento, sin miedos, sin cobardías, sin mirar para atrás una vez puestas las manos en el arado, con decisión y paso firme. Nuestra vida de entrega a Dios precisa un espíritu fuerte para hacer frente a todas las dificultades que continuamente vamos encontrando, sobretodo en un mundo hedonista como el que estamos viviendo, donde lo que place a los sentidos está por encima de lo que es bueno para el espíritu, por encima de toda moral. Cuantas personas se someten a innumerables privaciones, esfuerzos, entrenamientos, dietas…, en aras de un cuerpo sano y en forma, llegando a sufrir dolorosas cirugías con el fin de modificar caprichosamente su estética corporal. ¿Cuanto más vale un alma inmortal que un cuerpo corruptible?. Por ese motivo, un cristiano prepara su alma evitando aquello que entra por los sentidos y puede hacerle daño. Para ello, pone a ralla los instintos, sometiéndolos a la razón con renuncias y privaciones diarias en cosas que no convienen al espíritu y relajan la carne: cumpliendo las obligaciones de cada jornada, superando la pereza y el desorden, siendo austero en la forma de vivir, teniendo a ralla la sensualidad, todo con la intención de agradar a Dios y de ser más dignos de Su presencia en nosotros. Estas renuncias preparan el alma para oír al Señor y disponen la voluntad para seguirle: "si queremos ir a Dios es necesario mortificar el alma con todas sus potencias" (nos dice el Santo Cura de Ars). Con la mortificación de los sentidos, nuestro corazón se convierte en tierra buena que espera la semilla para dar fruto. Igual que hace el labrador, nosotros hemos de arrancar y quemar la cizaña, las malas hierbas que tienden de continuo a crecer en el alma: la pereza, el egoísmo, la envidia, la curiosidad..., con espíritu deportivo, sin vacilaciones. Así afrontaremos las tentaciones, caídas y todo tipo de obstáculos que el mundo nos pone. Por eso, la Iglesia nos invita siempre a que examinemos cómo va nuestro espíritu de penitencia y de mortificación, y nos mueve a ser más generosos, imitando a Cristo en la Cruz, que se ofreció por todos los hombres: La mortificación es la oración de los sentidos. Cuando acostumbramos nuestro cuerpo al capricho y a la comodidad ¿que difícil es someterlo a nuestra voluntad? Se revela, exige sus derechos, nos traiciona, soborna a la imaginación con fantasías... absurdas. En fin, le hemos intoxicado de placeres y vicios superfluos y... no tenemos más que preguntar a quien pretende dejar de fumar, desengancharse de adicciones… ¡¡Es la guerra!!. Si no vamos contra corriente, a la primera de cambio abandonaremos el camino que recorremos con Jesús, sustituyéndolo por otro a nuestra medida, a la medida de nuestra falta de lucha ante las dificultades, de nuestra flojera, de nuestra comodidad, camino que sabemos incierto, ignorando a donde nos lleva.
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