45 - ACEPTACIÓN

 

Acepto mi presente y mi devenir, como queridos por mi Padre Dios, que le ofrezco junto con mis buenas obras, mis defectos, mis aciertos y mis tropiezos. “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Acepto, tu providencial intervención en mi vida, como el mejor camino posible para mí. Se que actúas con cariño y delicadeza esperando mi respuesta que siempre es y será de abrazar tu voluntad con humildad, y si alguna vez no respondo es que mi alma está embotada y no se entera.

Se que me hablas al corazón mediante mociones del Espíritu Santo, que mi Ángel Custodio me guía, y que aunque algunas cosas no las entiendo, todo lo que ocurre es para bien y viene de tus manos, unas porque las quieres y otras porque las consientes, aunque sean objetivamente malas: todas las cosa contribuyen al bien de los que aman a Dios.

Acepto, aunque me cueste, tu justísima voluntad sobre el devenir de mis hijos, es lo mejor para ellos puesto que lo has querido así. La aceptación me da paz y seguridad a pesar de que no sé si mi respuesta es la que tú quieres, si es la correcta y adecuada. No me pides cosas imposibles, pero soy flojo y comodón y a veces se me hace muy cuesta arriba. Quisiera ser más ordenado en el cumplimiento de mis deberes contigo y con los demás, más entregado, más desprendido de mis cosas. Quisiera no dejarme llevar por los acontecimientos, más bien, meditarlos antes y poner mi empeño en acertar conforme a tu voluntad.

Quisiera simplificar mi vida de manera que me sea más fácil discernir lo bueno, al ser menos dependiente de cosas de este mundo, y así, tener agudeza mental para no poner disculpas en asuntos que vienen de ti. Quisiera sentir como propias tus cosas y volcarme con ellas, poniéndolas siempre en primer lugar. Quisiera aceptarme a mí como soy, como me has creado; y a los demás como son, con nuestras miserias y riquezas, que en conjunto desarrollan nuestra auténtica capacidad. Quiero estar en paz conmigo mismo para poder estar en paz con los demás, aceptando mis limitaciones y las de los demás. Deseo que me concedas el don de progresar hacia ti, mi Señor, consciente de que en el camino de la santidad, nada resulta inaccesible: “nos basta tu gracia”.

No debo de ser tan horrible cuando te has fijado en mí, con la mirada más pura, más verdadera, más cariñosa, más llena de amor, más repleta de esperanza que existe en el mundo. ¡Gracias!.

Por eso, quiero y acepto ser un "bien mandado" obedeciendo solo al "mejor Señor" y estar siempre "presto" a cumplir lo mandado e inmolarle mi voluntad con la obediencia. Sé que Él envía su Espíritu de Amor a los que le obedecen de esta manera y hacen siempre lo que es de su agrado. Se que este Espíritu me hará fuerte para no caer en la servidumbre de otro amo que me esclavizaría, o peor aun, sometido a mí mismo cuando soy dominado por la soberbia, por mi "yo" sensual y corrompido, porque, ¡¡ que sería de mí si esto ocurriera !!.

 "No quiero pensar en mí, Señor, solo en ti, porque sé que Tú piensas en mi".

Quiero imitar a Jesús en la obediencia al Padre, al que se sometió en todo: “mi alimento es hacer la voluntad  del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Jesús, a quien el universo está sujeto, se sometió a la Santísima Virgen y a San José. Los apóstoles saben obedecer, los diez leprosos se curaron por la obediencia.... y nuestro Señor al final se humilló en Getsemaní y en el Gólgota, obedeciendo.

Por eso, ¡me acepto plenamente a mi mismo!, con la libertad de poder ser pecador y santo. Quiero apoyarme como un niño pequeño en la ternura de un Padre que me quiere como soy. Mis fallos me hacen pensar que no merezco ser amado. Nada más falso. No es preciso ser una persona de bien para ser amado por Dios: el amor es gratuito y no se merece. Sin embargo, debo corresponder a este Amor con mi esfuerzo constante en la lucha por la santidad, sabiendo que Tú puedes y quieres concedérmela.