44 - LA ENTREGA A DIOS

 

El Señor, con su Pasión, no solo nos ha rescatado del pecado y de la muerte, sino que nos ha enseñado a cumplir la Voluntad de Dios por encima de todos los planes propios, a vivir desprendidos de todo, a saber perdonar cuando el que ofende ni siquiera se arrepiente, a saber disculpar a los demás, a ser apóstol hasta el momento de la muerte, a sufrir sin quejas estériles, a querer a los hombres aunque se esté padeciendo por culpa de ellos.

" No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo para purificarte, y siente con él los insultos, y los salivazos y los bofetones.., y las espinas y el peso de la cruz, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo..., y metete en el costado abierto de Cristo Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón. Cuando el mundo abandone y desprecie a mi Señor, yo, "serviam", os serviré". (San Josemaría).

Es sublime esta doctrina, pero ¿Qué puede hacer un pobre ser, agobiado por las cosas de este mundo?. Sabiendo que todo lo creado ha salido de las manos de Dios, es posible llevar nuestras circunstancias a Dios. Él nos dará respuestas y la ayuda necesaria. Él, que vive entre nosotros, y se ve arropado, correspondido con nuestro amor, nos ayudará a perseverar en el camino elegido de entrega a Dios.

En nuestro sagrario está Jesús vivo, pero tan indefenso como en la Cruz. Cristo se entrega a su Iglesia y a cada cristiano para que "el fuego de nuestro amor lo cuide y lo atienda con nuestra vida limpia", con nuestro esfuerzo, con nuestro dinero..., morir por la mortificación y la penitencia..., dar la vida por los demás. Solo así nos hacemos una misma cosa con Él.

… acabo de recibirte, Señor, en la Sagrada Comunión, soy en estos momentos un sagrario andante, con piernas para llevarte de un sitio para otro, con un corazón de carne que palpita por ti, con una boca para hablar y decirte cosas que hagan mas agradable tu estancia en mi morada humilde, con unas manos para ayudar a mis hermanos, tus hermanos, sobretodo a los que no pueden valerse por si mismos para acercarse a ti, y ser tus sagrarios. Pidamos juntos al Padre que les dé ese empujoncito que falta para que se acerquen más a Él. Quiero ser yo su mediador en esta tarea apostólica, con mi oración en la intimidad contigo, con mi trabajo bien hecho, con mi ánimo en los momentos oportunos, con mi presencia al lado de mis hermanos llevándote a Ti dentro. No se darán cuenta, pero recibirán Tu influjo, como “la hemorroisa” del Evangelio, y notarán en su alma un soplo de aire puro.