42 - LA VIRGEN MARIA

 

Que podría decir yo de la Santísima Virgen que no se haya dicho. El mundo se hace pequeño, insignificante ante su inmensidad. La Virgen Santísima es una luz permanentemente encendida en nuestras vidas. Cuando pronuncio su nombre, mi alma se inunda de infinito agradecimiento.

Toda la humanidad esperaba su "fiat" y no ha sido defraudada. En ese instante, el Dios Eterno comenzó a ser hombre, y la Virgen "Madre de Dios", dando con su consentimiento, cumplimiento a todas las promesas hechas por Dios de redención de la humanidad. Por eso Jesús también la hizo "Madre Nuestra". En la tragedia del Calvario, sufrió y corredimió junto con su Hijo. El Sábado Santo tras el aparente desastre, mantuvo la vela de la esperanza encendida, el mundo había quedado a oscuras, sólo la Virgen María era un faro en medio de tantas tinieblas. En los comienzos de la Iglesia, su oración y presencia mantenía encendido el fuego del Espíritu Santo en los corazones de los discípulos…. y continua siendo el "apoyo firme" de la Iglesia de todos los tiempos, pues Dios ha querido que nos mostrara su protección con todo tipo de señales, generalmente a personas humildes que saben acogerlas.

"Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y así rehizo todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María. Por eso, Dios es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. Dios es padre de la creación y María es madre de la universal restauración" (San Anselmo)

"Bellísima y perfectísima, tiene tal plenitud de inocencia y santidad que no se puede concebir otra mayor después de Dios, y que fuera de Dios nadie podrá jamás comprender" ( Pío XI). La "llena de gracia" corre a ayudar a Isabel y llena de alegría esa casa, la alegría que Cristo trae al mundo. Vive de fe como Abraham, de sumisión total, pues el niño crecía como un joven y adulto normal, no veía llegar el tiempo de su manifestación, no sabía cuando ni como llegaría ese tiempo, el cumplimiento de las palabras que había escuchado sobre ese niño, ni las del ángel Gabriel. Vivía de fe y de esperanza, todo le hablaba de Dios, todo la llevaba a Dios.

Me imagino la cara de complicidad de Nuestra Señora y su Hijo en las bodas de Cana: “mujer, aun no ha llegado mi hora”, ella le miró y dijo a los discípulos: “haced lo que Él os diga”. Cuentan que una de las curaciones de la Virgen de Lourdes fue la de un niño ciego, que estaba rezando en la gruta cuando pasaba por delante el Santísimo en la custodia, y le gritó al Señor: "Jesús, si no me curas se lo digo a tu Madre". Ella es el Puerto seguro donde hemos de refugiarnos en medio de todas las tormentas de la vida. «Las oraciones de los santos son oraciones de siervos, en tanto que las de María son oraciones de Madre, de donde procede su eficacia y carácter de autoridad; y como Jesús ama inmensamente a su Madre, no puede rogar sin ser atendida. Faltaba el vino, con el consiguiente apuro de los esposos. Nadie pide a la Santísima Virgen que interceda ante su Hijo en favor de los consternados esposos. Con todo, el corazón de María (...), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro». Y, concluye San Alfonso Mª de Ligorio: «Si la Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?. ¿Cómo no va a atender nuestras súplicas?». "Soy todo tuyo, y todas mis cosas tuyas son. Sé Tú mi guía en todo", le pedía Juan Pablo II.

Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en este corazón de Dios que se anonada. María conoce bien el Corazón de su Hijo y sabe cómo llegar hasta Él; ahora, en el Cielo, su actitud no ha variado; por su intercesión nuestras súplicas llegan «antes, más y mejor» a la presencia del Señor.

Después de la Humanidad Santísima de su Hijo, es el reflejo más puro de la gloria de Dios. María es el acueducto por el que nos llegan todas las gracias que cada día necesitamos; a ella debemos acudir siempre, porque ésta es la voluntad del Señor, que quiso que todo lo recibiéramos por María, y de modo particular cuando nos encontremos más débiles, en las dificultades, en las tentaciones... Ella nos moverá a purificar nuestras faltas y pecados ya en esta vida y nos concederá poderla contemplar inmediatamente después de nuestra muerte, sin tener que pasar por ese lugar de espera y de purificación, porque ya habremos limpiado aquí nuestra alma de sus errores y flaquezas.

El Papa Juan Pablo II en su "Exhortación Apostólica sobre el Santo Rosario", nos dice: El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús». Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor; tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. En la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad".

En el rezo del rosario, brotan espontáneamente avemarías, sabiendo que le estamos diciendo a Nuestra Señora las alabanzas del Arcángel San Gabriel y de su prima Santa Isabel. ¿Cuantas veces?. Infinitas... ¿Acaso le parecen excesivas las flores que regalamos a nuestro amor en la tierra, siempre las mismas, siempre en las mismas fechas?... Junto con las alabanzas a nuestra Madre van las peticiones y nuestras intenciones. También contemplamos misterios de la vida de su Hijo, que "no entendemos" pero nos llenan de agradecimiento a Dios y a ella.

María avanza junto a su Hijo en la peregrinación de la fe, hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo en pie, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio; inmolándose con El, consumando la corredención. Entendió mejor que nadie la tremenda realidad del pecado; por eso sufrió como ninguna otra criatura por los pecados de los hombres. Por eso ella es el puente para llegar a Jesús. Señor, quisiera sacarme de mi mismo para darme todo a ti, sin quedarme nada. Señor mío Jesús: haz que sienta, que secunde de tal modo tu gracia, que vacíe mi corazón..., para que lo llenes Tú. Acudo a mi madre, como desvalido, pidiendo que interceda por mí ante su Hijo, y por todos nosotros, para que comprendamos el profundo misterio de Maria “Reina del Cielo”.

“No sabemos dónde estaban los Apóstoles aquella tarde, mientras dan sepultura al Cuerpo del Señor. Andarían perdidos, desorientados y confusos, sin rumbo fijo, llenos de tristeza. Si el domingo ya se les ve de nuevo unidos es porque el sábado, quizá la misma tarde del viernes, han acudido a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre. Este sábado, en el que todos cumplieron el descanso festivo según manda la ley, no fue para Nuestra Señora un día triste: su Hijo ha dejado de sufrir. Ella aguarda serenamente el momento de la Resurrección; por eso no acompañará a las santas mujeres a embalsamar el Cuerpo muerto de Jesús…”  (F. Carvajal)