“Escalaba la montaña con tremenda dificultad y fe en sí mismo, afanado en poner bajo sus pies la cumbre más difícil, colgado de una cuerda, contra el frío, la ventisca, el agotamiento... ascendía por una pared inverosímil, seguro de lograr su empeño. Pero había sobre valorado su poder, y agotado no tuvo más remedio que iniciar un descenso dramático: frío intenso, a tientas sin luz, las clavijas se rompían, extenuado...

 

Nunca había pedido ayuda a Dios, no había tenido esa necesidad, confiaba plenamente en sí mismo, tampoco sabía si ese Señor existía, ni le importaba. Pero la situación era extrema y…. Comenzó a gritar: - ¡Señor, si es que estás aquí, ayúdame!, ¡Señor, que no puedo mas! Escuchó una respuesta: - ¿de verdad quieres que te ayude? - Si, si, por favor. La voz interior le insistió: ... - ¿de verdad crees que puedo ayudarte? - Si, mi fe es pequeña pero confío en ti, ya no confiaré más en mí... Ayúdame, por favor, por favor. - Le contestó el escalador desesperado.

 

- ¡De acuerdo, corta la cuerda! - El escalador se quedó pensativo y perplejo. -¡Corta la cuerda, arroja fuera tu soberbia, corta la cuerda! - Le insistía la voz de Dios.

 

Al día siguiente, una expedición de rescate encontró al escalador congelado, colgado de una cuerda a medio metro del suelo”.

 

- Nuestra fe es muy pequeña, amigo Mikel. Estamos atados y deslumbrados por las luces de este mundo visible y no vuela el alma hacia Dios, la mantenemos muy a ras de suelo, como estaba el alpinista, en su corazón y en su realidad física. El destino del alma espiritual no es estar pegada a este mundo, su destino es eterno, lo demás se muda, desaparece para nacer de nuevo:

 

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe". (Apocalipsis, 21,1)

 

La fe de Abraham, la de Moisés, la de los apóstoles, la de Pedro, Pablo, la de Agustín, la de Domingo, Francisco, Ignacio, la de Teresa, Josemaría, la de... nos precede, nos avala la certeza en Dios, en su designio sobre los hombres.

 

- No creo que sus designios sean muy acertados cuando ha dejado morir al escalador, pudiendo haberlo salvado. - Me recrimina Mikel.

 

- Dios sabe más. Quizá la fe incipiente en ese momento dramático era suficiente ante Dios, y se lo llevó. De otra manera, lo más probable es que una vez salvado del trance, su orgullo le hiciera olvidar las promesas y…, solo Dios sabe, conoce nuestro interior y nos llama en el mejor momento. Pero todo esto son suposiciones mías. No es una aventura nuestra fe, ni una alucinación, no somos tan ciegos como para ver solo con los ojos carnales teniendo los del alma mucha más visión. Es cuestión de saber miras e interpretar lo que vemos, de escuchar y obrar en consecuencia, de no empequeñecer hasta lo diminuto nuestro campo de percepción. La visión profética de Juan, evangelista, discípulo amado de Jesús, en el "Apocalipsis", se ha cumplido, se está cumpliendo en este momento y se cumplirá al final de estos tiempos pasajeros y mudables.

 

- Es cierto, pero vuestra escasa fe, la de los cristianos que decís tener fe, no os permitirá valorar estas profecías en su justa medida. - Me dice Mikel.

 

Mikel es un personaje misterioso, no tiene una gran cultura intelectual pero está dotado de intuición, y lee, lee mucho. Es escéptico, supersticioso y algo acomplejado. No sé de donde le viene el complejo porque es una buena persona y con un gran corazón. Su fe es escasa, por no decir nula, es más bien escéptico.

 

- ¿Qué está dicho y qué falta? - Le pregunto.

 

- Todo, todo está dicho, no falta nada... por desgracia para nosotros.

 

- Reconozco que quizás yo tampoco habría cortado la cuerda, porque Dios sigue siendo un misterio. Mi fe es pequeña, y mi amor también. Pido a Dios que me haga crecer en ambas cosas, aunque..., no se como decirte, mi fe deja mucho que desear, pero mi amor quiere crecer, la fe va junto con el amor, al fin y al cabo, cuando los tiempos se muden, la fe desaparece, pero el amor queda para siempre.

 

- Pamplinas, el amorrr..., la evidencia es lo único que cuenta.

 

- ¿Tan evidentes son para ti las visiones proféticas del Apocalipsis?, -le pregunté intrigado.

 

- Veamos. Has citado el 21,1 "... un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron". Es evidente que esto aun no ha ocurrido, pero las secuencias anteriores sí, me refiero a las amonestaciones a la Iglesia (capítulos 1 al 3), a la gloria y adoración al Redentor (capítulos 4 y 5), y

 

- un momento, -le interrumpí, -explícame, por favor.

 

- Te  explicaré. Me importa poco lo que dicen tus sabios teólogos, yo analizo desde mi desgraciado destino lo que no me afecta y solo os afecta a vosotros, y lo que me afecta y…, eso me hace temblar. Ojala todo fuera una alucinación de mi mente, pero no, es real, las profecías se están cumpliendo y se cumplirán las demás ¿tienes a mano el libro de Juan?

 

Reviso mi biblioteca y tomando uno, se lo doy.

 

- Veamos…Eunsa…, comentado. ¡Tonterías!, los comentarios me sobran.

 

- Bueno, no vienen de más ante las dudas, porque ni tú ni yo somos expertos en San Juan, y mucho menos en los difíciles textos del Apocalipsis.

 

- Te repito que sobran. Los textos hablan por si mismos, y eso es lo trágico, que no tenemos otra opción. -Termina la conversación bruscamente. Toma el libro en sus manos y lee: